Hace unos días explicamos por qué los posos de café no eran la mejor opción para tratar de desatascar una tubería. A raíz de este artículo, muchos de vosotros nos habéis comentado que no es la única utilidad casera que habéis escuchado en relación con los restos de este combustible mañanero. Entre los que más se han repetido es el de que, supuestamente, el café es un buen fertilizante para suelos y jardines. Eliminemos el "supuestamente" de la frase anterior, porque esto es cierto: utilizar los posos del café para abonar el suelo es eficaz.

La química de los posos del café es lo que hace de estos nuestros potenciales aliados en el cuidado de nuestro jardín. Según explica este informe de la Universidad de Washington escrito por la investigadora en horticultura urbana y arboricultura Linda Chalker-Scott, los granos de café contienen muchas más sustancias que las que acaban en nuestra taza (dado que no son solubles).

Una vez que los posos entran en contacto con el suelo y con el transcurso del tiempo, las bacterias y los hongos los descomponen para obtener sus correspondientes beneficios. También las lombrices de tierra colaboran en este proceso, ya que utilizan los posos como fuente de alimento, arrastrándolos más profundamente en el suelo.

Según Chalker-Scott, cuando estos se degradan, colaboran en la producción de las sustancias húmicas, las que forman la materia orgánica del suelo. Las proporciones de carbono y nitrógeno en el suelo disminuyen, consiguiendo ajustarse a las que se consideran más apropiadas para suelos y plantas. Utilizarlos como abono también modera la temperatura del suelo y aumentan la del agua, al igual que cualquier otro producto específico de jardinería. Además, hay estudios que muestran que los granos de gafé, al unirse con los residuos de pesticidas y metales pesados tóxicos (como el cadmio), evitan que estos se filtren hacia el interior del suelo y contaminen el ambiente que les rodea.

Según el informe, para disfrutar de todos los beneficios anteriores hay ciertas pautas que tener en cuenta. Por ejemplo, que los restos del café supongan, como mucho, el 20% de abono que utilizamos (así se garantiza la diversidad de microorganismos) o dejar que estos se enfríen antes de utilizarlos, para que el calor no acabe con los microbios beneficiosos.