El último caso ha sido un reportaje incluido en el telediario de TVE, pero no es el único: raro es el medio que se libra en los últimos años de haber dedicado un hueco a una persona afectada por SQM o sensibilidad química múltiple.

Para estos pacientes, el contacto con cualquier sustancia química sintética (no solo las tóxicas, absolutamente todas y en niveles bajísimos) les produce todo tipo de síntomas que les impiden llevar una vida normal: dolores musculares y de cabeza, náuseas, mareos, ahogos, taquicardias, fotofobia, espasmos musculares, alteraciones digestivas… No se trata de una alergia, sino de una supuesta sensibilidad generalizada a cualquier sustancia química artificial.

Por eso, llevan una vida muy dura: se aíslan del mundo, adquieren productos de higiene y limpieza especiales supuestamente libres de químicos artificiales y renuncian a muchas actividades cotidianas por miedo a un brote o un ataque. 

El problema es que, si bien es innegable que estas personas padecen un problema de salud, las evidencias científicas disponibles hasta la fecha sugieren que el problema no está causado por el contacto con esas sustancias químicas de las que huyen, sino que se trata de un problema psicológico más que físico, en el que su cuerpo reacciona de esa forma porque es su cabeza la que así lo espera, y no porque realmente las sustancias tengan ningún efecto sobre ellas. 

Esto tiene otro efecto añadido: hay mucha gente sin escrúpulos lista para aprovecharse de su preocupación. 

¿Por qué la SQM no es una enfermedad real?

Hay varios motivos para pensar que esto es así. Por un lado, porque no se ha descrito ningún mecanismo específico para la Sensibilidad Química Múltiple. Nuestro cuerpo está en constante contacto con sustancias químicas de todo tipo presentes en el aire, el agua, los alimentos, etc, y no tiene forma de distinguir si son sintéticas o de origen natural.

Por eso no encaja con todo lo que sabemos sobre biología y cuerpo humano que niveles muy bajos de determinada sustancia puedan provocar una reacción solamente por ser artificiales. Si la Sensibilidad Química Múltiple realmente ocurriese como sus pacientes (y los que les asesoran) aseguran, nadie hasta ahora ha sido capaz de observarlo y describirlo de forma concluyente.

Por otro lado, y por si acaso efectivamente el mecanismo de la SQM fuese algo real pero nunca visto, se han hecho estudios para comprobar qué es exactamente lo que desencadena estas reacciones de hipersensibilidad. En ellos, se ha expuesto a los pacientes a distintas sustancias y a distintas dosis para observar esas reacciones.

Los resultados muestran que las reacciones solo se producen cuando los pacientes pueden distinguir entre las sustancias reales o las desactivadas. Esto introduce un sesgo evidente en esos resultados, el del efecto nocebo (contrario al placebo), por el que algo tiene un efecto negativo en nuestra salud solamente porque creemos que lo va a tener. Por ello los investigadores concluyen que los síntomas no se deben a las sustancias a las que se ven expuestos, sino a opiniones y creencias previas de los pacientes.

Los pacientes sí son reales

Que la enfermedad no sea real no quiere decir que los afectados no sean pacientes reales. La mayoría de los expertos coincide en que son personas que padecen realmente esos síntomas, no se los están inventando: sufren mucho y son difíciles de tratar. 

Los estudios bien diseñados (aquí puedes consultar uno, aquí otro y aquí otro) sugieren que padecen un trastorno psicosomático en el que desarrollan diversos síntomas como respuesta al estrés, pero no relacionado con las sustancias químicas por las que creen padecer. El problema es que al ser tan inespecífico, corren el riesgo de ser mal diagnosticados (por ejemplo con SQM) y convertirse en objeto de tratamientos ineficaces, explotación económica y retraso en el diagnóstico y tratamiento correctos. 

El reconocimiento de la SQM

La SQM nació en los años 50, formulada por el alergólogo americano Theron G. Randolph. Desde entonces, sus teorías sobre la medicina ambiental se han ido extendiendo, basándose más en testimonios que en evidencias.

A día de hoy, mucha gente que cree que la padece (pero principalmente mucha gente que hace negocio a costa de las personas que creen padecerla), utiliza como argumento que ha sido reconocida por la OMS y por muchos países, entre ellos España, como una enfermedad real. 

Esto es verdad a medias. La OMS no reconoce la SQM porque no la ha incluido en su Clasificación Internacional de Enfermedades, que ya va por su edición número 11 (ICD-11) aunque la 10 es la que todavía sigue en vigor, y es la principal guía para el reconocimiento y estudio de las enfermedades a nivel mundial.

A partir de ahí, cada país puede incluir otros términos en los índices alfabéticos del ICD, y eso es lo que han hecho algunos países entre ellos Japón, Alemania, Suiza o España (que lo hizo en septiembre de 2014), pero eso no supone un reconocimiento de nuevas enfermedades, sino una forma de darle un número extraoficial para unificar su estudio y agrupar casos de esta posible dolencia.

Es una herramienta para atender a esos pacientes, que sí son reales, pero no para reconocer la enfermedad, que no parece serlo.

Su quieres saber más sobre este tema, te recomendamos una visita al blog Magonia, del periodista Luis Alfonso Gámez, en el que ha hablado a menudo de la SQM, y si te manejas en inglés, échale un vistazo a lo que cuenta la página Science Evidenced Medicine sobre este tema.