Nos habéis preguntado qué hay de cierto en algunos posts de Facebook que advierten del riesgo de beber agua que contenga flúor. Según esos avisos, esto es una forma encubierta de medicar a la población “como se acostumbraba en los campos de concentración Nazi por su efecto tranquilizante”. Esto no es verdad y merece una explicación. Vamos por partes.

Sobre silos nazis utilizaban el flúor en los campos de concentración para controlar a los prisioneros… no hay pruebas de ello. Se trata de un argumento que utilizan algunos grupos que se oponen a la fluoración sistemática del agua, pero no hay evidencias que lo respalden. De hecho, en este artículo de Politifact en el que se refiere a este rumor, Patricia Hereber, que es historiadora especializada en la experimentación que los nazis hicieron en los campos de concentración, cuenta que no hay registros de que hiciesen pruebas con flúor ni sobre salud dental ni sobre control mental o efectos neurológicos.

Hay que señalar que otras versiones de este mito conspiranoico señalan al régimen soviético como el responsable de utilizar la fluoración con intención de controlar a la población. Tampoco de esto hay pruebas.

El flúor es un mineral que en las dosis adecuadas es necesario para mantener una adecuada salud dental. Cuando su aporte en la dieta es insuficiente, se puede tomar la medida de añadir flúor al agua potable de forma que se aumente ese aporte a la población. Lo recomendado en esos casos es que la concentración se mantenga entre 0,7 y 1,2 miligramos por litro.

Esta medida despierta cierta polémica por varios motivos. Por un lado, porque impide que los ciudadanos decidan libremente si consumir ese aporte extra de flúor o no. Por eso puede optarse en cambio por añadir el flúor a otros productos, como la leche o la sal (algo que también se hace con otros minerales, por ejemplo el yodo en la sal yodada, cuya deficiencia en la dieta está asociada a otros problemas de salud, como enfermedades de tiroides o un bajo cociente intelectual entre otros).

En cualquier caso, se añade solo a uno de estos productos (o al agua, o a la leche o a la sal) y no a todos para evitar un sobreconsumo continuado de flúor, que también puede conllevar algunos problemas para la salud.

Por otro lado porque se cuestiona si, en una época en la que la higiene y el cuidado dental son mejores que hace décadas y eso ha hecho caer los problemas de salud dental como la caries, medidas como esta siguen siendo necesarias.

Sin embargo, añadirlo al agua supone, según este artículo escrito por Isabel Martínez Izán, profesora asociada de la Facultad de Odontología de la Universidad de Barcelona que “el flúor en el agua es el método de aplicación de flúor más equitativo para reducir la prevalencia y severidad de las lesiones de caries en grandes poblaciones, independientemente de su edad y nivel socioeconómico”.

Según los últimos datos disponibles, correspondientes a 2012, en el 95% de las ciudades españolas la concentración es menor de 0,7 mg/l y que de las cinco poblaciones que superaban esa cifra, solo dos (Vitoria y San Sebastián) lo han logrado por fluoración artificial. En España, la fluoración del agua no es algo generalizado y actualmente solo es obligatoria por ley en algunas comunidades como el País Vasco, mientras que normas similares se han derogado en la última década en Andalucía y Galicia.