¡Buenos días, malditas y malditos! Una semana más (y bien puntuales), os traemos una nueva entrega de nuestro Consultorio Científico porque… ¡por fin es viernes! Como ya es tradición, respondemos a algunas de las dudas que nos habéis enviado durante los últimos días a través de redes sociales, e-mail ([email protected]) y WhatsApp (655 198 538). ¡Allá vamos!

¿Existen los “ciervos zombis”? ¿Pueden contagiarnos?

Nos habéis preguntado qué son los “ciervos zombis” y si la enfermedad que les ha hecho ganarse este apodo ha llegado a contagiar o no a seres humanos. Tranquilos, no son muertos vivientes: el adjetivo zombi viene del comportamiento del animal infectado, que pierde peso rápida y drásticamente, babea, tropieza y carece de coordinación y de miedo hacia las personas (aunque ni son agresivos ni atacan).

Estos son algunos de los síntomas de la Chronic Wasting Disease (CWD), una enfermedad que ha afectado también a renos y alces de 24 estados de Estados Unidos, dos provincias de Canadá, Finlandia, Noruega y Corea del Sur. También ha habido muertes por CWD en animales asintomáticos.

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El origen de este trastorno son los priones, agentes infecciosos formados por un tipo de proteínas que causan algunas patologías neurodegenerativas letales (como la encefalopatía espongiforme bovina o enfermedad de las vacas locas). La CWD destruye progresivamente el sistema nervioso de estos animales: afecta al cerebro, a la espina dorsal y a otros tejidos, acabando con su vida. Se propaga mediante el contacto con los fluidos de un ejemplar infectado (heces, saliva, sangre u orina) o bien a través del entorno, comiendo o bebiendo alimentos contaminados.

Según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), en Estado Unidos, estudios recientes apuntan a que este trastorno también puede afectar a otros animales más similares genéticamente al ser humano, como los monos. Este estudio está aun realizándose por lo que sus conclusiones no son definitivas todavía.

En el caso de las vacas locas, los priones que causaban la enfermedad evolucionaron, consiguiendo que fuera posible contagiar a personas. Aquí surge la gran duda: ¿es posible, entonces que los “ciervos zombis” nos contagien? Según el CDC no hay ninguna evidencia de que esto haya ocurrido a día de hoy y, de hecho, no se sabe si el ser humano puede infectarse, de momento, a través de este tipo de priones, según sus características actuales.

Por precaución, la CDC recomienda evitar la exposición a animales contagiados. Aún así, ni siquiera hay pruebas de que los humanos que han comido carne infectada se hayan contagiado.

¿Existe el “síndrome del arroz frito”?

Nos habéis preguntado por el caso del adolescente belga que murió a las pocas horas de comer un plato de pasta y qué relación tiene con el llamado “síndrome del arroz frito”. Sí que es real, aunque ocurrió en 2008.

Para empezar, este caso es cierto: el chico sufrió una intoxicación alimentaria causada por una bacteria, el Bacillus cereus. Como explica Beatriz Robles, tecnóloga de alimentos, en este artículo publicado en Materia Ciencia, en El País, no es un caso novedoso: no es un microorganismo letal recién aparecido sino una bacteria perfectamente conocida. De hecho, aunque hace pocas semanas que volvieron a saltar alarmas sobre el caso, el Journal of Clinical Microbiology publicó un informe sobre el microorganismo ya en 2008.

Así que no hay ahora ninguna novedad clínica. Los casos de intoxicación alimentaria por este microorganismo son precisamente los que se conocen con el nombre de “síndrome del arroz frito”, que también es, por lo tanto, real.

A pesar de estar asociado concretamente al arroz, el Bacillus cereus puede infectar alimentos como frutas y verduras, leche, huevos, pescado y cereales. En ellos puede producir toxinas e incluso formar esporas cuando las condiciones ambientales son favorables.

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Según Robles, estas últimas, sobreviven aunque la bacteria no encuentre nutrientes y se mantienen en el alimento sin importar las temperaturas extremas, la desecación o los desinfectantes. “Es más, las temperaturas elevadas (como las de cocción), les ayudan a germinar y transformarse de nuevo en bacterias capaces de producir toxinas y la enfermedad“, añade.

Es por esto por lo que hay que prestar especial atención a la preparación de estos alimentos. ¿Qué pasó entonces en el caso del estudiante belga? “Lo que parece haber sucedido en este caso clínico es una tormenta perfecta”, explica Robles en el artículo.

Por un lado, la pasta estaba contaminada con esporas y, al cocerla, estas germinaron. Por otro, al dejar los espaguetis a temperatura ambiente, se multiplicaron, formando grandes cantidades de una toxina muy virulenta que, según la experta, pudo causarle la muerte. “Si los espaguetis se hubieran conservado en el frigorífico una vez cocinados, las bajas temperaturas habrían evitado el crecimiento de las bacterias (evitando también la producción de toxina)”, concluye Robles.

Para evitar intoxicaciones por Bacillus cereus, la Food Safe Authority recomienda en la página 4 de este informe cocinar los alimentos a una temperatura superior a 75ºC; una vez cocinados, mantenerlos a una temperatura por encima de 63ºC o refrigerarlos lo antes posible (sobre todo, antes de dos horas) a menos de 7ºC y prestar atención a las prácticas higiénicas durante la manipulación de los alimentos.

¿Mezclar distintos tipos de alcohol, da más resaca?

A lo largo de la semana nos habéis preguntado si la resaca será mayor si mezclamos distintos tipos de alcohol durante una noche de desenfreno que si apostamos solo a uno. Nosotros contestamos hoy, viernes, el día perfecto para evitar los dolores de cabeza y estómago durante el fin de semana. Como en (casi) todo, con la resaca mejor prevenir, que curar. Así que si quieres evitarla, es fácil: no bebas alcohol.

Lo cierto es que no existen mucha información sobre la resaca y, en concreto, sobre si mezclar alcohol de distinto tipo y graduación vaya a empeorar (más todavía) tu estado físico durante el día siguiente a la jarana. La literatura científica sobre este tema es escasa.

Marián García, farmacéutica, describe en este post 10 mitos sobre el alcohol y la resaca. “Que mezclar alcohol es peor es falso”, explica García en el mito número uno, y añade que lo importante es la cantidad final de alcohol ingerido. “Queridos todos, en un clásico: ‘cañas+vino+cava+chupito+copazo’ la culpa no la tiene mezclar cinco bebidas, la culpa es la suma de los cinco lingotazos de alcohol que llevamos en el cuerpo”, aclara García.

Sin embargo, hay algo que sí sabemos: el orden de los factores no altera el producto cuando se trata de cerveza y vino. Es decir, da igual qué bebas primero y qué después, el resultado (la gravedad de la resaca) será el mismo. Así lo corroboraron un grupo de científicos del American Journal of Clinical Nutrition, cuyo objetivo era investigar cómo influía en la intensidad de la resaca el hecho de combinar vino y cerveza en función del orden en el que se consumiesen las bebidas.

Los investigadores dividieron a los 90 participantes en tres grupos: el primero bebió un litro y medio de cerveza y cuatro vasos de vino; el segundo, lo mismo pero en orden inverso y el tercero bebió solo un tipo de alcohol. Días después, el primer y segundo grupo invirtieron el orden y el tercero consumió la otra bebida alcohólica.

Según los participantes, no hubo distinción entre la intensidad de los síntomas del día después, independientemente del orden en el que hubieran bebido el vino o la cerveza.

“Nuestros resultados desmontan dos mitos: ‘Grape or grain but never the twain‘ (‘Uva o grano, pero nunca ambos’, refiriéndose a la mezcla) y ‘Beer before wine and you’ll feel fine; wine before beer and you’ll feel queer‘ (Cerveza antes de vino y estarás bien; vino antes de cerveza y te sentirás raro)”, explican los investigadores en el estudio.

Además, añaden que la sensación de embriaguez y los vómitos son los factores más fiables para predecir la intensidad de la resaca.

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¿Qué significan esas marcas de colores al final del tubo de pasta de dientes?

Nos habéis preguntado por una imagen que circula por las redes desde hace tiempo en la que se señalan esas marcas de color al final del tubo de muchos dentífricos y se acompaña de una supuesta explicación de su significado: si es rojo, significa que el 90% de sus componentes es químico y el 10% es natural; si es azul, la proporción es 65%-36%; si es negra es 50%-50% y si es verde, es que todos los ingredientes son naturales.

Esto no es verdad. Es un bulo que circula por internet desde hace años, pero en realidad, esas señales significan otra cosa completamente diferente: son lo que se llama marcas de ojo o guías de registro, y sirven para que el sistema automatizado de producción y relleno de esos tubos detecten donde deben cortarlos y sellarlos. No tienen relación con lo que hay dentro. Puedes leer más sobre este bulo en este desmentido de Snopes. El mismo sistema se utiliza para otros envases, como los briks de leche.

También aprovechamos para señalar que esa distinción entre componentes naturales y químicos no tiene mucho sentido. Muchas sustancias utilizadas en cosmética se fabrican en el laboratorio pero están originalmente derivadas de otras presentes en la naturaleza, y estas a su vez también son compuestos químicos. Tratar de separar unas de otras y atribuirles propiedades mejores o peores por ello está basado en un concepto de la química como algo peligroso per se que no se corresponde con la realidad.

Y además…

Os agradecemos una vez más (desde lo más profundo de nuestro… teclado) que contéis con nosotros para aseguraros de si esto o aquello que os llega a través de internet es o no cierto. ¡Entre todos formamos un gran equipo! Pero recordamos que no somos un consultorio médico: si necesitáis opinión sobre casos médicos concretos, debéis consultar con un profesional. ¡Os proporcionará el diagnóstico y la solución más adecuados!