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Maldita Ciencia
16/06/2020

¿Qué sabemos acerca de la imagen que alerta sobre los componentes de las vacunas y explica por qué ninguno de ellos debería entrar en tu cuerpo?

Las claves sobre los componentes de las vacunas:

  • Son necesarios para garantizar la seguridad (evitan contaminaciones por microorganismos) y la estabilidad (que no pierdan eficacia con el tiempo) o mejorar las cualidades finales de las vacunas.
  • Son seguros en las cantidades en las que se encuentran en ellas.
  • Los beneficios de la vacunación son mayores que los posibles riesgos asociados a la misma.

Varios de vosotros nos habéis preguntado por una imagen que circula por WhatsApp y redes sociales en la que se advierte sobre varios supuestos componentes de las vacunas y detallan qué efectos negativos podríantener en nuestro organismo. Os contamos lo que sabemos al respecto.

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Respecto a las cuestiones de seguridad, existen pocos productos sanitarios tan vigilados y controlados por las agencias reguladoras como las vacunas. Aquí os contamos todas las fases de investigación que debe pasar una vacuna antes de ser aprobada.

"Cuando viene un patógeno nuevo, la gente piensa que hay que tener una vacuna pronto para 'evitar más infecciones y más muertes', pero cuando el patógeno va pasando, 'las vacunas son malas, malísimas', reflexiona Sonia Zuñiga. "Creo que los humanos nos hemos olvidado de cómo era convivir con enfermedades graves que diezmaban a la población, y que ahora están erradicadas o son anecdóticas gracias a las vacunas, como el sarampión, la polio, la tosferina o la viruela", añade.

Al introducir en nuestro organismo un antígeno (virus o bacteria) desactivado a través de una vacuna, el sistema inmune actúa como si este estuviera vivo y se arma contra él. "De este modo, el individuo queda protegido y ante una segunda infección, que puede ser con el virus o bacteria ya 'vivo', lo reconocen antes y acaban con él", explica a Maldita Ciencia Noelia Casares, experta en inmunología e inmunoterapia en el Centro de Investigación Médica Aplicada de la Universidad de Navarra.

Como concluye Casares, este es el principio básico de las vacunas: "engañar " al sistema inmune, como en un ensayo general,  para que esté listo y actúe en el 'estreno de la obra', es decir, cuando de verdad entra en el organismo el virus o bacteria. 

Antes de meternos de lleno con cada una de las sustancias sobre las que avisa la imagen, ¿cuáles son, a grandes rasgos, los componentes de una vacuna?

Según el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría (AEP), la "receta" de estos fármacos está formada por:

  • Antígeno inmunizante, que es la sustancia (el virus o la bacteria, por ejemplo) que, al introducirse en el organismo, induce una respuesta inmunitaria y provoca la formación de anticuerpos.
  • Líquido de suspensión. La solución salina, agua destilada o, en ocasiones, productos derivados de los cultivos necesarios para la obtención de las vacunas.
  • Preservantes, estabilizantes y antibióticos. Son sustancias utilizadas para estabilizar los distintos componentes de la vacuna, evitar su degradación o impedir la contaminación por otros microorganismos (gelatinas, aminoglucósidos, polimixina B, formaldehído...).
  • Adyuvantes. Son compuestos que se añaden a algunas vacunas para aumentar la inmunogenicidad de los antígenos que contienen o prolongar su efecto estimulador. Es decir, permiten que la cantidad necesaria del virus o bacteria o el número de inyecciones sea menor, potenciando toda la respuesta inmune (sales de aluminio, MF59, AS04, virosomas...).

"Después de 40 años de ejercicio de mi profesión, he oído de todo sobre la vacunación", explica a Maldita Ciencia Ana Isabel Giner, antigua pediatra hospitalaria de atención primaria y maldita que nos ha prestado sus superpoderes. "Su composición interesa mucho a los grupos 'anti -vacunas', pues acusan de incontables efectos secundarios a cualquiera de los productos usados como coadyuvantes, estabilizantes o conservantes. Composición que está detallada en el prospecto de cada una de las vacunas", añade.

Una vez aclarados qué clase de excipientes puede contener una vacuna, os contamos lo que sabemos sobre cada uno de los que se menciona en la imagen.

En cuanto a la imagen que circula, lo primero que debemos tener en cuenta, como indica a Maldita Ciencia Ángel Hernández Merino, miembro del Comité Asesor de Vacunas de la AEP, es que todos los que aparecen mencionados son productos en uso, aunque algunos de ellos de forma muy ocasional.

Sales de aluminio (sí, como adyuvante)

Es cierto que algunas vacunas contienen pequeñas cantidades de sales de aluminio, pero estas son muy inferiores (menos del 1%) a las que, de forma natural, contienen los alimentos que consumimos habitualmente (incluida, por chocante que resulte, la leche humana), según recoge este texto del Comité Asesor de Vacunas de la AEP.

¿A qué se debe la presencia de este metal pesado? Según la asociación de pediatras, las sales de aluminio se usan como adyuvantes de vacunas desde hace 70 años y son "componentes imprescindibles para estimular el sistema inmunitario y permitir introducir menores cantidades de antígeno, que podría resultar perjudicial en el organismo". Añade, además, que "nunca se ha registrado ningún efecto adverso relacionado con el aluminio presente en algunas vacunas".

Células de animales y de "niños abortados" no: se trata de líneas celulares

Para generar la versión debilitada de los virus utilizados en las vacunas, los que harán que nuestro sistema inmune "aprenda a pelear" contra esa amenaza externa, hay que cultivarlos, y eso no puede hacerse en cualquier superficie, ya que estos necesitan células a las que infectar para sobrevivir.

Teniendo en cuenta que utilizar animales vivos en investigación científica tiene algunos inconvenientes (coste, logística, homogeneización de los resultados y riego de contaminación del resultado con otros microbios), la opción más eficiente para la producción de las vacunas es el uso de cultivos celulares, células (de procedencia animal o humana) que se cultivan en un medio artificial de forma controlada.

Para ello se extrae una muestra de tejido de un órgano que contiene distintos tipos de células con distintas características. A partir de ahí se depuran y seleccionan aquellas células concretas que interesen para la investigación. Las células resultantes (que son descendientes de las que estuvieron en el órgano del que se extrajo la muestra directa pero nunca formaron parte de él) se pueden reproducir un determinado número de veces creando así una línea celular que permite investigar con ellas incluso cuando las células originales ya han muerto.

Existen algunas líneas celulares ampliamente conocidas, como la HeLa, cuyo origen es parte de un tumor de una mujer llamada Henrietta Lacks en la década de 1950, y la WI-38 y MRC-5 que proceden de tejidos extraídos de dos fetos resultado de dos abortos (realizados por motivos médicos) en 1961 y 1966 respectivamente.

Es cierto que el uso de líneas celulares humanas es un debate ético válido, pero la realidad es que no hay ADN de fetos en las vacunas. Puedes leer más sobre este tema aquí.

La beta-Propiolactona evita que proliferen patógenos en las vacunas

Según la EPA, la beta-propiolactona es una sustancia que se usa contra bacterias vegetativas, hongos patológicos y virus gracias a su acción esporicida en vacunas. También en injertos de tejidos, instrumentos quirúrgicos y enzimas; como esterilizante de plasma sanguíneo, agua, leche y caldo de nutrientes y como desinfectante en fase de vapor en espacios cerrados. Según Hernández, esta solo se utiliza en algunas vacunas antigripales y de la rabia, para asegurar que no contienen virus activos.

Para explicar el por qué se usa esta sustancia en vacunas, lo primero que tenemos que tener en cuenta es que, actualmente, se dispone de cuatro tipos de estas: las de virus vivos atenuados (como la triple viral o la varicela); las que lo contienen muerto o inactivado (como la de la tos ferina); las toxoides, con una toxina o químico producido por la bacteria o virus (antidiftérica y antitetánica) y las biosintéticas, con sustancias artificiales muy similares a partes de estos patógenos (hepatitis B).

Los microorganismos contenidos en el segundo tipo (virus o bacterias) se inactivan por métodos físicos o químicos, y uno de estos últimos es la beta-propiolactona. La respuesta inmunitaria ante estas vacunas suele ser menos potente que con las demás, por lo que, además de precisar de varias dosis, suelen asociarse a adyuvantes que potencian su inmunogenicidad (punto 5 del documento de AEP). 

Es cierto que la exposición continuada a corto plazo al inhalar esta sustancia puede causar irritación de ojos, nariz, garganta y otras partes del sistema respiratorio y entrar en contacto con ella puede ser el origen de irritación de la piel, ampollas o quemaduras. Con respecto a la exposición a largo plazo, según el documento de la EPA, no hay información disponible, aunque la Agencia Internacional de la Investigación del Cáncer (IARC) la ha situado en el grupo 2B, como posible carcinógeno en humanos.

"La beta-propiolactona sobre todo se utiliza cuando las vacunas tienen origen viral", explica Casares, y añade que las concentraciones a las que se usa son siempre "muy pequeñas" y, por tanto, "seguras".

El timerosal se usa para evitar el crecimiento de bacterias y hongos en algunas vacunas

Es cierto que en el pasado se ha utilizado timerosal (una sal orgánica que contiene etilmercurio) como conservante en la fabricación o mantenimiento de algunas vacunas, por sus propiedades antimicrobianas. Es uno de los argumentos habituales de quienes señalan una relación entre la vacunación y el desarrollo de untrastorno del espectro autista (algo de lo que no existe ninguna evidencia, como explicamos aquí).

Sin embargo, a pesar de que las cantidades de mercurio a las que podía estar expuesto un niño español antes de los 14 años por la vacunación serían muy inferiores a las consideradas tóxicas por los diferentes organismos mundiales, estas se han ido reduciendo y sustituyéndose por otros compuestos inocuos, según el Comité Asesor de Vacunas de la AEP.

Actualmente, "ninguna de las vacunas que se utilizan en los calendarios vacunales de las distintas comunidades autónomas españolas contiene esta sustancia", indica aquí el Comité. "Su empleo iba ligado a asegurar la conservación en los envases multidosis y hoy en día todas las vacunas comercializadas en nuestro país vienen en paquetes monodosis".

Además, los expertos de la AEP añaden que no se ha podido demostrar que el timerosal incluido en las vacunas interfiera en el desarrollo cerebral del feto o el lactante. Tampoco se ha demostrado una relación con enfermedades, como el autismo, o con el retraso del desarrollo psicomotor. La retirada y disminución de este componente se ha realizado "por un principio de prudencia básico y por la alarma social que se ha creado a su alrededor".

Según la Academia Americana de Pediatría (AAP), tanto la propia institución como la American Medical Association (AMA), los CDC y el Institute of Medicine (IOM) coinciden en que la ciencia no avala una conexión entre el timerosal en las vacunas y el autismo.

Fuente: OMS

Antibióticos como la neomicina, poliximina B, gentamicina para evitar la contaminación por bacterias

Para evitar que las bacterias contaminen el contenido durante su fabricación, hay antibióticos que se utilizan en la composición de algunas vacunas. Entre ellos, los más comunes, según la FDA y como confirma Casares, son la neomicina, polimixina B, estreptomicina y gentamicina. Sin embargo, estos se reducen a "cantidades muy pequeñas" e incluso a veces "indetectables" durante los pasos de purificación posteriores a la fabricación, según explica la administración americana.

"Los antibióticos son esenciales para que las vacunas no se contaminen con bacterias, lo que generaría un infección que podría ser peor que el remedio", indica Casares. "Hay vacunas que son en multiviales (varias dosis), por eso es importante el antibiótico para su conservación", añade.

Las reacciones alérgicas o de hipersensibilidad a antibióticos (como urticaria, hinchazón en la parte posterior de la garganta y presión arterial baja), son una respuesta anormal del cuerpo al entrar en contacto con ellos, producida por un mecanismo inmunológico.

"Estas reacciones se aprecian en un porcentaje muy pequeño de todos los pacientes tratados; se pueden producir tras la administración de dosis mínimas del antibiótico, desaparecen al suspenderlo y vuelven a aparecer al reintroducirlo", explican aquí María José Torres Jaén y Natalia Blanca-López, médicas especialistas en alergología.

Según la AAP, estos trazos rara vez, o nunca, causan reacciones alérgicas. También la FDA afirma aquí que, ya que las cantidades de las que hablamos son mínimas, estos trazos de antibióticos que podrían contener las vacunas "no se han asociado con reacciones alérgicas graves". "Estos no tienen efecto en la persona que se vacuna pero sí en caso de que esta se contaminara en su producción o almacenamiento", coincide Casares. 

"Debido a la remota probabilidad de que estas pequeñas cantidades causen alguna reacción en personas con alergias comprobadas a alguno de estos antibióticos, en el prospecto y ficha técnica de las vacunas se advierte de su contenido y se contraindican en los pacientes con alergia a los que contiene cada vacuna en concreto", aclara Hernández.

Según la FDA, antibióticos con mayor probabilidad de causar reacciones alérgicas graves (como penicilinas, cefalosporinas y sulfamidas) no se usan en la producción de vacunas y, por lo tanto, no forman parte de su contenido.

El glutamato monosódico, una sustancia más habitual de lo que pensamos

Según la FDA tanto azúcares, como aminoácidos y proteínas se pueden agregar como estabilizadores a las vacunas, para ayudar a protegerla de condiciones adversas.

Los estabilizadores añadidos a las vacunas, como explica la FDA aquí, incluyen azúcares como sacarosa y lactosa, aminoácidos como la glicina o la sal monosódica del ácido glutámico (MSG o glutamato monosódico) y proteínas como la albúmina sérica humana o la gelatina. "El glutamato es uno de los aminoácidos más comunes en la naturaleza, presente en todas las proteínas. El glutamato monosódico es su sal, que es glutamato, sodio y agua. Por eso es seguro para la población en general. En las vacunas (como en Varivax, la vacuna de la varicela) es un estabilizador, que la protege del calor, luz y humedad. Muy importante para evitar su degradación", aclara Casares. 

Según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS, por sus siglas en inglés) estos estabilizadores ayudan a que los ingredientes activos de las vacunas sigan funcionando mientras se elabora, almacena o traslada la vacuna y evitan que se modifiquen por un cambio en la temperatura del lugar donde se almacena la vacuna.

Además, añade que los azúcares, aminoácidos y proteínas no son exclusivos de las vacunas y se encuentran en la vida cotidiana, en la dieta y en el cuerpo de forma natural. El MSG se ha utilizado durante décadas y continúa utilizándose en alimentos como potenciador del sabor.

Glutaraldehído para inactivar virus y bacterias

Otro de los componentes de las vacunas, como de hecho se muestra y recoge en esta lista de la AEP, es el glutaraldehído. En esta ocasión, el "ingrediente" se utiliza para la modificación química de los posibles alérgenos (sustancias que nos pueden dar alergia) en una vacuna, ya que permite disminuir la capacidad de estos de causar esta reacción en nuestro organismo sin comprometer por ello su capacidad inmunogénica.

¿Qué quiere decir esto último? Que ofrece la posibilidad de que "el intruso" (alérgeno) active nuestro sistema inmunitario, consiguiendo que este responda frente a la "posible amenaza", pero minimiza la posibilidad de que esta cause una reacción alérgica.

En palabras de Casares, el glutaraldehído, como el formaldehído, es usado para inactivar las bacterias o virus que pueden usarse para diseñar las vacunas. "Si estos no se inactivaran, efectivamente causarían enfermedad", explica.

¿Y el fenoxietanol? Otro conservante

Junto al fenol, el fenoxietanol, un bactericida, es otro de los componentes conservantes de las vacunas de uso ocasional (como Triaxis, la de la difteria, tétanos y tos ferina). Estos sirven para poder aumentar el tiempo de validez del fármaco.

"El fenoxietanol se usa en concreto en la vacuna antipoliomielitica inactivada. Es un conservante que impide el crecimiento de hongos y bacterias en la vacuna tanto en el producto final como en la cadena de producción", expone Casares.

Como comentábamos párrafos arriba, al hablar de los antibióticos, es importante que haya conservantes en las vacunas que se distribuyen en multiviales (más de una dosis). Según Casares, el uso de viales multidosis es la forma más eficiente y económica de proteger a las poblaciones cuando hay que vacunar a un gran número de personas, como en los calendarios vacunales infantiles. 

Según la OMS, tanto el 2-fenoxietanol (utilizado en la vacuna antipoliomielítica inactivada) como el fenol (utilizado en la vacuna contra la fiebre tifoidea), son conservantes aprobados para las vacunas. "Se han realizado algunos estudios para comparar la eficacia de los diferentes conservantes, pero los datos son limitados y no concluyentes. A partir de algunos ejemplos no se puede concluir que sea posible utilizar otro conservante alternativo en todas las vacunas", indica la organización en su página web.

El formaldehído también se utiliza para inactivar los virus

El formaldehído es un gas inflamable incoloro de un olor penetrante y característico que, en el caso de las vacunas, también se utiliza para inactivar virus y toxinas. Además de que se elimina prácticamente por completo durante el proceso de purificación, los resquicios que pueden quedar de esta sustancia son seguros.

De hecho, las personas no solo entramos en contacto con el formaldehído a través de las vacunas: en primer lugar porque está presenten de forma natural como resultado de los procesos metabólicos de muchos organismos vivos, como explica aquí el Grupo Español de Investigación de Dermatitis de Contagio y Alergia Cutánea (GEIDAC).

Pero no solo eso, sino que este también se encuentra en otros muchos productos: en algunos cosméticos (bajo determinadas condiciones y en pequeñas cantidades), en el revestimiento de algunos tipos de papel o en determinadas prendas de vestir, por ejemplo. Es más, generalmente nuestro torrente sanguíneo contiene esta sustancia (y en niveles más altos que en las vacunas), como explica este artículo de Healthy Children, de la Academia Americana de Pediatría. "La concentración de formaldehído en el cuerpo de un bebé es aproximadamente diez veces superior al que puede haber en las vacunas", afirma el Colegio de Médicos de Barcelona en este documento, en el que hablan sobre desinformación y vacunas.

Es cierto que, según la AEP, esta y otras sustancias utilizadas para estabilizar los distintos componentes de la vacuna o para impedir su degradación y contaminación por otros microorganismos, pueden ocasionar reacciones alérgicas o tóxicas. Sin embargo, matiza que esto sucede en "en rarísimas ocasiones" (punto 6 de este manual).

Polisorbato 80 y 20

Por último, el polisorbato es un emulsionante, que ayuda a que los "ingredientes" de la vacuna se mezclen y evita que se separen. También se utiliza como aditivo alimentario y es una de las sustancias aprobadas por la Unión Europea, para uso en alimentos e identificada como emulsionante, E-433. Es un líquido viscoso de color amarillo soluble en agua.

"Son tensoactivos, tipo 'jabones', que hacen que la vacuna tenga mayor solubilidad y la mezcla que se inyecta sea más homogénea", explica Casares. Añade que lo que consiguen es reducir la tensión superficial entre dos líquidos, como si quisiéramos mezclar agua y aceite. "Tampoco son tóxicos a las concentraciones en las que se encuentran en productos de uso común o vacunas", añade.

Aunque algunos estudios han planteado problemas de seguridad relacionados con problemas reproductivos, un grupo de expertos de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA, por sus siglas en inglés) ha categorizado el peligro de polisorbato 80 como "muy bajo" y, de hecho, esta autoriza su uso.

La vacunación puede originar efectos adversos puntuales, pero estos no están relacionados con la supuesta toxicidad de sus componentes

Como ya has podido comprobar, ningún componente de las vacunas supone un peligro para la salud en la cantidad en la que se utiliza. Sus dosis suelen ser mínimas y cumplir una función específica en el fármaco. Ahora bien, es cierto que, en determinados casos y circunstancias, una vacuna puede causar ciertos efectos adversos. ¿Con qué reacciones pueden estar relacionados?

  • Por su contenido, con reacciones como enrojecimiento o dolor en el hombro después de la vacuna de la difteria, el tétanos y la tos ferina (DTPa).
  • Por un defecto en la calidad de la vacuna, ya sea en su contenido o en el instrumental a través del que se administra. Por ejemplo, una inactivación insuficiente del virus de la polio.
  • Por un error de la vacunación, que puede deberse a una manipulación inadecuada, una prescripción errónea... Sería el caso, por ejemplo, de la transmisión de una infección por un vial contaminado.
  • Por la ansiedad asociada a la vacunación, ya sea antes, durante o después de la misma.
  • Por otros eventos coincidentes con la vacunación por causas distintas a las anteriores. Por ejemplo, tener fiebre por una infección previa a la aplicación de la vacuna.

"Ningún avance en medicina ha salvado tantas vidas como las vacunas y, gracias a ellas, las enfermedades que antes mataban a millones de personas, ahora se consideraban erradicadas", recuerda Casares. "Además, por tratarse de un producto con origen biológico el proceso de producción está muy regulado y cumple estándares muy, muy altos, mucho más que para comercializar cualquier otro producto. De ahí que sean extremadamente seguras, independientemente de los conservantes, antibióticos o emulsionantes que lleven, que siempre van en un porcentaje muy bajo". Concluye aclarando que el riesgo de todos esos factores, siempre será mucho menor que el beneficio.

En este artículo ha colaborado con sus superpoderes la maldita Ana Isabel Giner.

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