“Cúrcuma en polvo para prevenir el cáncer”, “los múltiples beneficios para la salud de la miel”, “la semilla del aguacate tiene grandes propiedades para el dolor”. Circulan cientos de contenidos que afirman que el consumo de un determinado alimento, sea de la clase que sea, se relaciona con la cura de una dolencia o enfermedad concretas. También con beneficios directos para la salud en caso de personas sanas. No solo brebajes y recetas pseudocientíficas o pseudotratamientos milagrosos, también alimentos concretos, sin necesidad de aderezos o instrucciones especiales de preparación.
Muchos de los contenidos los catalogan como “superalimentos”. Pero no, estos alimentos “superpoderosos” no existen: lo que importa, de cara a nuestra salud, es el conjunto de lo que comemos habitualmente.
La autoridades sanitarias y de alimentación no reconocen el término “superalimento”
Ni la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ni la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) definen en su normativa el término “superalimento”. Tampoco la Unión Europea reconoce este “calificativo” entre las declaraciones nutricionales (como “sin grasa”) o de propiedades saludables (como “el calcio es necesario para el mantenimiento de los huesos en condiciones normales”), características que la propia institución regula y que no cualquier producto puede incluir como reclamo en su envase.
“Estos mensajes y alegaciones [a los ‘superalimentos’] hacen pensar que el consumo de un ‘superalimento’ es suficiente para garantizar el aporte de todos los nutrientes necesarios en una dieta adecuada”, explican en The Conversation Sonia González Solares y María Gómez Martín, investigadoras del grupo dieta microbiota humana y salud del Instituto de Investigación Sanitaria del Principado de Asturias (ISPA). Esto, añaden, es el “mensaje opuesto” al que se debería dar.
Además, “muchas de las afirmaciones que se realizan sobre sus efectos en la salud tienen una base científica cuanto menos dudosa, o incluyen verdades a medias porque, en su mayoría, están más fundados en campañas publicitarias que en investigaciones nutricionales”, señala Jara Pérez Jiménez, doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y científica titular en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC).
Si para hablar de un supuesto beneficio del consumo de X alimento se hace referencia a un estudio científico, puede que en realidad este haya investigado sobre un componente concreto (no sobre el alimento en general) y en cantidades mucho mayores de las que podemos consumir. Algunas de estas investigaciones ni siquiera se han llevado a cabo en humanos, sino en células o animales y en condiciones de laboratorio.
Poner el foco en la alimentación, no en el alimento
La alimentación es un factor imprescindible para estar sanos, sí; pero no depende exclusivamente de un nutriente, ingrediente o alimento, sino de todo lo que comemos de manera habitual. Lo importante de la alimentación es la propia alimentación en su conjunto.
Esto quiere decir que ni vas a “adelgazar” por tomar vinagre de manzana, ni comer guanábana va curar un cáncer, ni el aloe vera va a revitalizar tu sistema inmunitario, ni el laurel va a sustituir antibióticos y otros medicamentos. Tampoco vas a estar sana o sano por el mero hecho de añadir a tu dieta habitual ingredientes menos comunes como el jengibre, la cúrcuma, el kéfir, el kale o las semillas de chía. La recomendación según la evidencia es la de siempre: que la base del menú habitual sean vegetales poco procesados, acompañados de proteína de calidad, grasas saludables y cereales integrales.
“Lo importante es asegurar una dieta sana y equilibrada, porque en una alimentación basada en cereales refinados, productos ultraazucarados y ricos en grasa de mala calidad, la incorporación de un puñado de bayas de goji o de dos cucharadas de chía no va a tener ningún efecto beneficioso”, señala Pérez en la página web del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
El nutricionismo: un enfoque reduccionista
Un nutriente no hace saludable a un alimento, igual que un ingrediente no hace que el consumo de X producto sea beneficioso para la salud, sea cual sea. El enfoque nutricionista es precisamente el que se utiliza en muchos de estos casos para tratar de “demostrar” que el consumo de un alimento es beneficioso cuando puede que el resto de nutrientes / componentes no lo sean tanto.
El #nutricionismo consiste en poner todo el #brillibrilli en un nutriente del producto sin tener en cuenta que, en general, este tiene un mal perfil nutricional
— Juan Revenga (@juan_revenga) December 18, 2022
Es una táctica muy afín a los #ultraprocesados y junto a @AceiteOrujo te cuento en qué consistehttps://t.co/70ZoxEIbAp
Por ejemplo: sí, vale, la morcilla es rica en vitamina B12, pero también en grasas saturadas. De hecho, es un tipo de carne procesada, el mismo que las autoridades sanitarias recomiendan comer cuanto menos, mejor (esencialmente por su relación con un mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer). Julio Basulto, dietista-nutricionista y divulgador, explica estos casos con un ejemplo: recomendar el consumo de morcilla por su contenido en vitamina B12 es algo así como recomendar hidratarse bebiendo de un charco en el suelo, por su contenido en agua, pasando por alto el resto de contaminantes que podría haber en ella.
Acabo de ver que Nocilla se anuncia como fuente de calcio. Os juro que un día nos venderán el agua de un charco y dirán que nos hidrata.
— 🏳️🌈Julio Basulto (@JulioBasulto_DN) March 5, 2017