Las notificaciones del sistema RASFF funcionan como un mecanismo de intercambio de información entre los Estados miembros de la Unión Europea, pero no están concebidas como un canal de alerta dirigido a la población. En caso de que existiera una alerta alimentaria destinada a los consumidores —y, por tanto, un riesgo para la salud derivado del consumo del alimento afectado—, esta sería publicada por la AESAN.
En este caso, se detectó una concentración de cadmio de 0,068 ± 0,009 mg/kg (ppm), mientras que el límite máximo establecido por la UE es de 0,05 mg/kg (ppm). La notificación del RASFF indica que “no se han tomado medidas” frente a esta contaminación; sin embargo, la AESAN afirma que, en estas situaciones, se comunica a las autoridades sanitarias del lugar de destino para que retiren los productos del mercado con la mayor rapidez posible. Añade, además, que esta actuación, aun habiéndose realizado, “no se visualiza actualmente en el portal de RASFF”.
Consultada sobre si los tomates llegaron a comercializarse, la AESAN señala que, al tratarse de un producto perecedero, “es posible que ya no se encuentre en el mercado”. Asimismo, indica que, dado que la partida se envió directamente a un proveedor en Francia, “se desconoce el destino final del envío”.


El cadmio es un metal pesado “que no posee funciones nutricionales ni fisiológicas en humanos”, detalla la Agencia Estatal de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). Se considera un elemento cancerígeno del grupo 1 —carcinogénico para humanos— según la lista de la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) y es tóxico para la salud, con la disfunción renal como principal efecto. Llega al medio ambiente —y por tanto, a nuestra alimentación— a través de procesos naturales, como erupciones volcánicas o erosión de rocas y minerales, y a través de procesos humanos, como emisiones industriales y polución urbana.