En esta primera fase, como señala la AEMPS, se suele contar con “pocos participantes (decenas), que pueden ser voluntarios sanos en función de la patología de estudio, para confirmar que la administración del fármaco es segura” (es decir, estudia su seguridad, no su eficacia). Al igual que en los casos en los que los estudios se llevan a cabo en pacientes diagnosticados con la enfermedad a tratar, “su seguridad y bienestar [...] deben ser siempre la prioridad, y se debe prestar especial atención a la caracterización del riesgo y a la implementación de estrategias adecuadas para minimizarlo”, según señalan las directrices de la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés).
Para administrar el fármaco en cuestión, uno de los requisitos que se tiene en cuenta es determinar cuál es el nivel sin efecto adverso observado (NOAEL), es decir, la dosis más alta a la que no se detectan efectos adversos en los estudios preclínicos (en laboratorio, en animales…). “La dosis inicial para voluntarios sanos debe ser una dosis que se prevea que dé lugar a una exposición inferior a la dosis farmacológicamente activa, a menos que se pueda proporcionar una justificación científica sólida para una dosis superior”, recoge la EMA.