Aunque hay personas y empresas muy poderosas interesadas en proclamar que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, decenas de estudios científicos de primer nivel dicen exactamente lo contrario.
La evidencia reciente muestra que el fact-checking no sólo reduce la circulación de desinformación en Internet, sino que lo hace independientemente de las preferencias partidistas de las personas que la consumen (2023). Así lo indica, entre otras, una investigación publicada en diciembre de 2025 liderada por Julia Cagé (Sciences Po, París) que demuestra que cuando un contenido compartido en redes es verificado como “falso” los usuarios que la compartieron tienen el doble de probabilidades de borrar su publicación y además hace menos probable que difundan desinformación en el futuro.
En 2024, investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) también demostraron que las etiquetas de advertencia que usan contenido de fact-checkers en plataformas como Facebook, Instagram y Twitter (ahora X), reducen significativamente la creencia y la intención de compartir información falsa en los usuarios que las ven. De media, la creencia en la desinformación disminuyó en un 27,6% y la intención de compartirla en un 24,7%. Incluso aquellos con baja confianza en los fact-checkers mostraron una reducción del 12,9% en la creencia de contenidos falsos y del 16,7% en la intención de compartirlos. Aunque las etiquetas de fact-checking son más efectivas para quienes confían más en los verificadores, siguen funcionando para aquellos que desconfían.
Estos resultados concuerdan con algunos datos que las propias plataformas digitales han hecho públicos sobre sus programas de fact-checking. Según los últimos informes de Meta, al menos el 53% de los usuarios europeos de Facebook e Instagram que van a compartir una desinformación, deciden voluntariamente no hacerlo cuando ven una advertencia de que un fact-checker ha dicho que no es cierta. En España, este porcentaje se sitúa en un 59%. En el caso de TikTok, el informe de enero-junio de 2025 indica que la tasa media de usuarios que optan por no compartir un video tras ver la advertencia de "contenido no verificado" es del 30,95% en el conjunto de la UE y el Espacio Económico Europeo. Una intervención respetuosa con la libertad de expresión, pero con un impacto mucho mayor que otras más invasivas como el borrado o el bloqueo de contenidos que suele llevar a cabo TikTok como política de moderación.(Maldita.es participa en el programa de verificación por parte de terceros de Meta pero no en el de TikTok).
Incluso en intervenciones contra la desinformación donde los verificadores no son socios directos, su contenido tiene un impacto positivo: la Fundación Maldita.es hizo un estudio de todas las Community Notes en X del año 2024 y vio que los artículos de los fact-checkers eran la tercera fuente más citada y que las notas que usaban enlaces a nuestro trabajo generaban más credibilidad y tenían más posibilidades de generar consenso entre los usuarios.
El impacto global del fact-checking: eficacia probada y duradera en países muy distintos
Los estudios muestran que el fact-checking no sólo es eficaz en la corrección de creencias falsas, sino que su impacto es duradero. En 28 experimentos simultáneos realizados en cuatro países (Argentina, Nigeria, Sudáfrica y el Reino Unido), un equipo de investigadores encontró que el fact-checking redujo significativamente las falsas creencias y que estos efectos persisten más de dos semanas después de la intervención inicial (2021). Este hallazgo refuerza la importancia de las correcciones bien diseñadas (2021), que pueden mantener su efectividad incluso en contextos culturales diversos, donde ningún grupo se volvió más inexacto tras la corrección.
Según los investigadores, el fact-checking también ha demostrado ser efectivo a la hora de corregir falsas creencias sobre la COVID-19 (2022), funcionando incluso cuando se ha desmentido a un líder político ante sus propios seguidores (2020). Además, los políticos tienden a mentir menos después de ser corregidos por un fact-checker (2024). Su efectividad ha sido demostrada en diferentes países (2021) y situaciones, mientras que los argumentos usados habitualmente en su contra, como que podría ser “contraproducente”, han sido desacreditados (2019) en diferentes estudios (2020).
Otro estudio (2021) muestra que el fact-checking puede anular el efecto de las métricas sociales sobre las intenciones de compartir contenidos. Sin la información del fact-checking, las publicaciones con más “me gusta” o comentarios tienden a ser más compartidas. Sin embargo, cuando la noticia es desmentida por un fact-checker, este efecto desaparece, independientemente de esas métricas.
Fact-checking sobre salud, política y en diferentes países
El fact-checking se ha mostrado efectivo contra diferentes tipos de desinformación. En un experimento con bulos relacionados con el COVID-19 en redes sociales (2023), los investigadores detectaron que la precisión de los usuarios que habían visto correcciones a la información falsa había mejorado un 0,62 sobre 5, mientras que la de aquellos que sólo habían visto la desinformación había caído un 0,13. Este estudio replicaba las condiciones reales de los usuarios en Internet, donde diferentes contenidos compiten por su atención.
En cuanto al fact-checking político, cuyo impacto se cree en ocasiones limitado debido a la polarización social, cuatro investigadores llegaron a la conclusión contraria (2019): entre los ciudadanos que participaron en el experimento, los que habían leído un artículo que desmentía una declaración de un líder político tenían más conocimiento de los hechos que aquellos que no lo habían hecho. Además, esta mejora se mantenía entre los que se declaraban partidarios de ese político. Incluso entre sus fieles, el fact-checking tenía efecto.
El efecto del fact-checking político no se limita a los ciudadanos, también afecta a los propios políticos. Profesores de tres universidades italianas encontraron que los políticos que habían sido objeto de desmentidos por parte de fact-checkers mentían menos después: de los 55 parlamentarios estudiados, aquellos que fueron corregidos públicamente redujeron sus afirmaciones falsas (2022).
Aunque muchos estudios sobre los efectos del fact-checking se centran en Estados Unidos y Europa, hay estudios que usan evidencia de países en Latinoamérica y África. En un experimento simultáneo en Argentina, Nigeria, Sudáfrica y el Reino Unido (2021), los investigadores encontraron efectos similares en todos los contextos, lo que les llevó a afirmar que el fact-checking “puede ser una herramienta central en la lucha contra la desinformación”. La exposición a un desmentido redujo la creencia en los bulos en 0,59 puntos sobre una escala de 5.
Los efectos adversos del fact-checking son muy limitados: ‘backfire’, ‘verdad implícita’ y alarmismo
Algunos de los argumentos que se utilizan para atacar al fact-checking, en ocasiones incluso desde el mundo académico, no tienen una base científica sólida. Es el caso del “backfire effect”, el efecto contraproducente que podría hacer que un desmentido aumente la creencia en la desinformación. Ese fue el resultado de un experimento realizado en 2010 en el que se usó un ejemplo controvertido políticamente (la existencia de armas de destrucción masiva en Irak). Sin embargo, investigaciones posteriores (2019) mostraron que ese efecto no se repetía. Un estudio en 16 países europeos confirmó que el efecto de desmentido es consistente en todos los sistemas políticos y de medios. Pese a todo, es habitual que se utilice una idea ya refutada de un artículo de hace más de una década para seguir sembrando dudas sobre si el fact-checking empeora los efectos de la desinformación en vez de reducirlos.
Otra de las líneas de ataque es asegurar que el problema de la desinformación se está exagerando y amplificando. Según esta teoría, la cantidad de desinformación es muy pequeña y se está generando una preocupación desproporcionada en torno a ella. Sin embargo, los artículos académicos (2022) que se usan para justificar este tipo de afirmaciones tienen un problema de base: hacen una definición extremadamente limitada de lo que es la desinformación y, por eso, sólo miden una pequeña parte del total de la desinformación a la que están expuestos los ciudadanos.
Por ejemplo, uno de los artículos académicos que se usa habitualmente para acusar de alarmismo a los que luchan contra la desinformación es este publicado en Nature (2020). Su cálculo es que “las ‘noticias falsas’ representan sólo el 0,15% de la dieta mediática diaria de los estadounidenses”. Pero sólo considera como desinformación lo publicado por webs etiquetadas como desinformadoras, todo lo demás es información fiable. Los investigadores monitorean el impacto de los artículos de esas webs en todo tipo de soportes pero obvian una enorme cantidad de formatos en los que se difunde desinformación y, aunque resulten más difíciles de acotar, son reales y afectan todos los días a los ciudadanos. Que no se sepa medir toda la desinformación que existe más allá de esa enormemente restringida definición que usan, no quiere decir que no sea real.
También se suele dar por probado el llamado “efecto de verdad implícita”, que asegura que cuando se etiquetan algunos contenidos de redes sociales como falsos, el público interpreta que el resto de contenidos son verdaderos. Sin embargo, hay estudios, como el publicado en la revista Political Behavior (2020), que llegan a conclusiones muy diferentes y afirman que “la exposición a las etiquetas ‘Disputada’ o ‘Calificada como falsa’ no afectó la precisión percibida de los titulares no etiquetados como falsos o verdaderos”.
Lo que de verdad hacen los fact-checkers
A veces, muchos de los que argumentan que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, no conocen del todo bien el trabajo de los verificadores en la actualidad. Como decía este artículo de Peter Cunliffe-Jones y Lucas Graves (2024), además de monitorear la desinformación y producir desmentidos en diferentes formatos, las organizaciones de fact-checking como Maldita.es hacen muchas más cosas: campañas educativas, detección temprana de desinformación, herramientas tecnológicas y de IA, políticas públicas, creación de comunidad, colaboración con académicos…
Y además de todo eso, su trabajo de monitoreo y desmentido sigue siendo no sólo relevante, sino también la base imprescindible de otras muchas actividades contra la desinformación: los sistemas de inteligencia artificial que identifican el lenguaje propio de los desinformadores se entrenan sobre las bases de datos que los fact-checkers han certificado como material falso y las campañas de prebunking o las iniciativas más exitosas de alfabetización mediática se preparan prestando atención a las mentiras previamente identificadas por los verificadores.
Decir que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, como todavía se escucha de vez en cuando, es simplemente incierto. Algunos de los que lo defienden simplemente no tienen la información adecuada o mantienen una idea de lo que hacen los fact-checkers que está anclada hace una década. A otros, por supuesto, les interesa mantener ese relato por razones empresariales.
En Maldita.es creemos que el fact-checking no acabará por sí solo con la desinformación porque 1) nada puede acabar con la desinformación, ningún método mágico, porque siempre ha existido, pero sí que podemos ayudar a la gente; y 2) porque hacen falta muchas intervenciones distintas y efectivas para combatirla. Los que acusan a las pequeñas organizaciones de fact-checking (muchas como la Fundación Maldita.es sin ánimo de lucro) de no tener suficiente impacto, deberían, en primer lugar, conocer mejor nuestro trabajo y, en segundo, reconocer nuestras aportaciones a la solución del problema.
*Este artículo ha sido actualizado el 12 de marzo de 2026 para actualizar la evidencia científica sobre la efectividad del fact-checking con los hallazgos más recientes de la literatura académica en el campo.