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El fact-checking funciona: la evidencia sobre la verificación y la lucha contra la desinformación

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Claves
  • Según los estudios científicos, el fact-checking disminuye la credibilidad de desinformación y “reduce de forma efectiva su diseminación”
  • El 37% de los usuarios de redes sociales que va a compartir algo y recibe una advertencia de un fact-checker de que es falso, no lo comparte
  • No, no hay evidencia de que el fact-checking pueda ser “contraproducente” y hacer que más gente se crea la mentira
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Cada cierto tiempo es fácil encontrarse con figuras públicas que dicen que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, pero en los últimos años tenemos decenas de estudios científicos de primer nivel que nos dicen exactamente lo contrario. Los investigadores afirman, por ejemplo, que cuando alguien ve una advertencia de que el contenido que está leyendo en Internet es falso, eso “reduce de forma efectiva la diseminación de la desinformación” y que esas advertencias “son efectivas independientemente de las preferencias partidistas y otras características demográficas”.

Estos resultados coinciden con algunos datos que las propias plataformas digitales han hecho públicos sobre sus programas de fact-checking: según Meta, cuando los usuarios europeos de Facebook van a compartir un contenido y ven una advertencia de que un fact-checker independiente ha dicho que es falso, el 37% de ellos decide no compartirlo. Una intervención respetuosa con la libertad de expresión, pero con un impacto mucho mayor que otras más invasivas como el borrado o el bloqueo de contenidos (Maldita participa en el programa de verificación de Meta).

Según los investigadores, el fact-checking se ha mostrado efectivo a la hora de corregir falsas creencias sobre la COVID-19 ha funcionado incluso cuando se ha desmentido a un líder político ante sus propios seguidores, pero es que además los políticos tienden a mentir menos después de ser corregidos por un fact-checker. Su efectividad ha sido demostrada en diferentes países y situaciones, mientras que algunos de los argumentos usados habitualmente contra el fact-checking, como que podía ser incluso contraproducente, han sido desacreditados en diferentes estudios.

Parte de las críticas a la efectividad del fact-checking son interesadas. La verificación requiere mucho trabajo humano, por parte de periodistas formados y sujeto a estándares internacionales de calidad y apartidismo. En otras palabras: es caro y difícil. A muchas empresas les conviene pensar que pueden encontrar una inteligencia artificial que les diga si algo es verdad o mentira, pero esos sistemas fallan mucho más de lo que podemos permitirnos y nunca van a consultar a fuentes humanas: Maldita puede llamar al Ayuntamiento de Puertollano o acercarse a hablar con un testigo. La IA, no.

El fact-checking “reduce de forma efectiva la diseminación de la desinformación”

Una de las formas más comunes en que los ciudadanos se encuentran con el fact-checking es a través de etiquetas en plataformas como Facebook o Instagram que les advierten de que un verificador independiente dice que algo es falso o necesita contexto. A finales de 2023, dos investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) revisaron la evidencia sobre su efectividad obtenida en diferentes experimentos y concluyeron:

  • Que las etiquetas de fact-checking reducían la percepción de la gente sobre la veracidad de una publicación entre un 13% y un 35%

  • Que reducían la intención de compartirla entre un 25% y un 46%

  • Que reducían las reacciones positivas a un contenido, como los “me gusta”

  • Que las etiquetas más específicas y más explicativas, particularmente combinadas con los desmentidos, funcionan mejor aún

  • Que las advertencias y etiquetas que vienen de un verificador independiente son las más efectivas

Parte de estas conclusiones coincide con la evidencia de las propias plataformas que usan advertencias de fact-checking y que la comparten como parte de los requisitos de transparencia del Código de Buenas Prácticas contra la Desinformación de la UE. Meta afirma que cuando los usuarios europeos de Facebook van a compartir una publicación y se encuentran con una advertencia de que un fact-checker independiente la considera falsa, el 37% decide no hacerlo, al igual que un porcentaje ligeramente superior en Instagram.

Fact-checking sobre salud, política y en diferentes países

El fact-checking se ha mostrado efectivo contra muy diferentes tipos de desinformación. En un experimento con bulos reales relacionados con el COVID-19 en redes sociales, los investigadores detectaron que la precisión de los usuarios que habían visto correcciones a la información falsa había mejorado un 0,62 sobre 5, mientras que la de los que sólo habían visto la desinformación había caído un 0,13. Es un estudio pensado para replicar las condiciones reales de un usuario en Internet, donde diferentes contenidos compiten por su atención.

En cuanto al fact-checking político, cuyo impacto muchas personas creen que debería ser limitado por la polarización de la sociedad, cuatro investigadores llegaron a la conclusión contraria: de entre los ciudadanos que participaron en el experimento, los que habían leído un artículo que desmentía una declaración de un líder político tenían más conocimiento de los hechos que los que no, pero además esta mejora se mantenía entre los que se declaraban partidarios de ese político. Incluso entre sus fieles, el fact-checking tenía efecto.

Además, el efecto del fact-checking político no se limita a los ciudadanos, también afecta a los propios políticos. Profesores de tres universidades italianas analizaron si los políticos que habían sido objeto de desmentidos por parte de fact-checkers mentían menos después y descubrieron que así era: de los 55 parlamentarios estudiados, los que habían sido “víctimas” de un desmentido mentían menos.

Aunque muchos estudios sobre los efectos del fact-checking se centran en Estados Unidos y, en menor medida, en Europa, hay estudios que usan evidencia de otros países en Latinoamérica y África. En un experimento simultáneo en Argentina, Nigeria, Sudáfrica y el Reino Unido, se encontraron efectos similares en los diferentes lugares que llevaron a los investigadores a afirmar que el fact-checking “puede ser una herramienta central en la lucha contra la desinformación”. La exposición a un desmentido redujo la creencia en los bulos en 0,59 sobre 5.

Los efectos adversos del fact-checking son muy limitados: ‘backfire’, verdad implícita y alarmismo

Algunos de los argumentos que se utilizan para atacar al fact-checking, en ocasiones incluso desde el mundo académico, no tienen una base científica sólida. Es el caso del “backfire”, el efecto contraproducente que podría hacer que un desmentido aumentase la creencia en la desinformación. Ese fue el resultado de un experimento realizado en 2010 en el que se usó un ejemplo controvertido políticamente (la existencia de armas de destrucción masiva en Irak). Sin embargo, investigaciones posteriores mostraron que ese efecto contraproducente no se repetía. Pese a todo, es habitual que se utilice una idea ya refutada de un artículo de hace más de una década para seguir arrojando dudas sobre si el trabajo de los fact-checker empeora los efectos de la desinformación en vez de reducirlos.

Otra de las líneas de ataque es asegurar que el problema de la desinformación se está exagerando. Según esta teoría, la cantidad de desinformación es muy pequeña y se está generando una preocupación desproporcionada en torno a ella. Sin embargo, los artículos académicos que se usan para justificar este tipo de afirmaciones tienen un problema de base: hacen una definición extremadamente limitada de lo que es la desinformación y, por eso, miden sólo una pequeña parte del total de la desinformación a la que están expuestos los ciudadanos.  

Por ejemplo, uno de los artículos académicos que se usa habitualmente para acusar de alarmismo a los que luchan contra la desinformación es este publicado en Nature. Su cálculo es que “las ‘noticias falsas’ representan sólo el 0,15% de la dieta mediática diaria de los estadounidenses”. Pero sólo considera desinformación lo publicado por webs etiquetadas como desinformadoras, todo lo demás es información fiable. Los investigadores monitorean el impacto de los artículos de esas webs en todo tipo de soportes pero obvian una enorme cantidad de formatos en los que se difunde desinformación y, aunque resulten más difíciles de acotar, son reales y afectan todos los días a los ciudadanos. Que no se sepa medir toda la desinformación que existe más allá de esa enormemente restringida definición que usan, no quiere decir que no sea real. 

También se suele dar por probado el llamado “efecto verdad implícita”, que asegura que cuando se etiquetan algunos contenidos de redes sociales como falsos, el público interpreta que todo el resto de contenidos son verdaderos. Sin embargo, hay estudios como este publicado en la revista Political Behavior que llegan a conclusiones muy diferentes y afirman que “la exposición a las etiquetas "Disputada" o "Calificada como falsa" no afectó la precisión percibida de los titulares no etiquetados como falsos o verdaderos”.

Lo que de verdad hacen los fact-checkers 

A veces, muchos de los que argumentan que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, no conocen del todo bien el trabajo de los verificadores en la actualidad. Como decía este artículo de Peter Cunliffe-Jones y Lucas Graves, además de monitorear la desinformación y producir desmentidos en diferentes formatos, organizaciones de fact-checking como Maldita hacen muchas más cosas: campañas educativas, detección temprana de desinformación, herramientas tecnológicas y de IA, políticas públicas, creación de comunidad, colaboración con académicos…

Y además de todo eso, su trabajo de monitoreo y desmentido sigue siendo no sólo relevante, sino también la base imprescindible de otras muchas actividades contra la desinformación: los sistemas de inteligencia artificial que identifican el lenguaje propio de los desinformadores se entrenan sobre las bases de datos que los fact-checkers han certificado como material falso y las campañas de pre-bunking o las iniciativas más exitosas de alfabetización mediática se preparan prestando atención a las mentiras previamente identificadas por los verificadores. 

Decir que el fact-checking “no funciona” contra la desinformación, como todavía se escucha de vez en cuando, es simplemente incierto. Algunos de los que lo defienden simplemente no tienen la información adecuada o mantienen una idea de lo que hacen los fact-checkers que está anclada hace una década. A otros, por supuesto, les interesa mantener ese relato por razones empresariales.

En Maldita creemos que el fact-checking no acabará por sí solo con la desinformación porque 1) nada puede acabar con la desinformación, ningún método mágico, porque siempre ha existido, pero sí que podemos ayudar a la gente; y 2) porque hacen falta muchas intervenciones distintas y efectivas para combatirla. Los que acusan a las pequeñas organizaciones de fact-checking (muchas como Maldita sin ánimo de lucro) de no tener suficiente impacto, deberían en primer lugar conocer mejor nuestro trabajo y en segundo, reconocer nuestras aportaciones y su impacto evidente en la sociedad.

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