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MALDITA CIENCIA

EDICIÓN ESPECIAL HALLOWEEN: miedo a los payasos, a las criaturas con forma humana y desmayos al ver u oír hablar de sangre. Llega el consultorio 115º a Maldita Ciencia

Publicado viernes, 30 octubre 2020
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¡Buenos y terroríficos días, tardes y especialmente noches, malditas y malditos! Halloween está a la vuelta de la esquina (si vas a celebrarlo, te pedimos que pienses en las consecuencias y tengas en cuenta qué debes y qué puedes y no puedes hacer) y por eso hoy en Maldita Ciencia hemos recopilado vuestras preguntas más aterradoras: en esta ocasión los payasos, las criaturas antropomorfas, la sangre y los espejos son nuestros protagonistas.

Den miedo o no (como algunos mitos y bulos terrotíficos que ya hemos desmentido), recuerda que puedes seguir mandándonos todas tus dudas científicas semana sí, semana también. ¿Cómo? Utilizando nuestro chatbot de WhatsApp (+34 644 229 319), e-mail ([email protected]) o redes sociales (tanto Twitter como Facebook). Nosotros investigamos por ti y te contamos qué dice la ciencia sobre ellas, así que esperamos leerte pronto. Métete debajo de la manta, coge una estaca de madera o un manojo de ajos y agarra los objetos de plata que tengas más a mano, que empezamos.

¿Existe una fobia a los payasos?

Puede que al leer la palabra "payaso" te haga gracia imaginar a una persona sonriente, muy maquillada, con actitud patosa y que hace chistes malos o algún truquete sencillo de magia; pero también que ocurra todo lo contrario y que pensar en uno de ellos te ponga los pelos de punta. Esta semana nos habéis preguntado si la coulrofobia, el miedo a los payasos, se considera realmente eso, una fobia. Aunque esta no aparece como tal en el CIE-11, la recopilación de las enfermedades que edita y publica la OMS, los personajes disfrazados sí se citan entre los diferentes tipos de estímulos fóbicos.

Además, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), existe una fobia específica relacionada con el miedo o la ansiedad "a un objeto o situación específicos", en este caso, un payaso.

En cualquier caso, Marsal Sanches, psiquiatra y profesor asociado en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Texas en Houston (Estados Unidos), explica que, para cualquier fobia, el miedo o la ansiedad que siente la persona es desproporcionado si se compara con el peligro real que suponen el objeto o la situación en un determinado contexto

Debido a que, como decíamos, el término coulrofobia no figura en ninguno de los dos documentos, los investigadores de este estudio decidieron definir este concepto como "un miedo irracional a los payasos". 

Sin embargo, no todos los investigadores están de acuerdo con esta definición. Por ejemplo, un estudio de 2016 discute el miedo relacionado con el avistamiento de personas disfrazadas de "payasos espeluznantes" en entornos fuera de contexto, como las cercanías de las escuelas. En este caso, según la teoría, el miedo a los payasos no podría considerarse irracional y, por lo tanto, tampoco una fobia.

"Si los payasos malvados (como el protagonista de la película IT, por ejemplo) fueran reales, temerles no se consideraría en absoluto irracional o desproporcionado, sino una cuestión de supervivencia. Por tanto, el miedo a un supuesto 'payaso malvado' no correspondería, técnicamente, a una fobia real", explica Sanches. 

En cualquier caso, los payasos tradicionalmente se asocian con sentimientos de alegría y diversión. "Un miedo intenso e irracional a los mismos, hasta el punto de producir un sufrimiento significativo y un cierto grado de impacto funcional potencial, cumpliría los criterios para considerarse una fobia específica", detalla Sanches. En lo que hace hincapié el experto es que la importancia de este temor no debe minimizarse de ninguna manera.

"La fobia a los payasos es lógica por dos motivos: el maquillaje de la cara suele imitar emociones que son incongruentes con el estado de ánimo y, además, suelen ser emociones exageradas, lo que de por sí nos pone en alerta. La segunda es que hacen cosas inesperadas, pueden caerse, darte un susto, hacer un truco de magia…", explica a Maldita Ciencia Aurora Gómez, psicóloga de de Corio Psicología. "Esto, en ciertas circunstancias o para ciertas personas, nos puede predisponer al miedo".

¿Por qué hay personas que se desmayan al ver o al hablar de la sangre?

Quizás conozcas a alguien así. O quizás sea tú esa persona. Personas que se desmayan cuando ven sangre. O incluso cuando se habla de sangre nada más. ¿Por qué pasa esto? ¿Podemos hacer algo para evitarlo?

El nombre médico de estos desmayos es síncope vasovagal. "Es una reacción de nuestro sistema cardiovascular. La tensión baja mucho en milisegundos y disminuye el flujo de sangre al cerebro, lo que supone mareos. Es una pérdida repentina del tono muscular y a veces de la conciencia pero dura muy poco. La tensión se recupera enseguida", explica a Maldita Ciencia José María Molero, médico de familia en la Comunidad de Madrid.

En este caso, la bajada de presión arterial se debe a una fuerte emoción, que desbarajusta el sistema nervioso autónomo con una bajada de la tensión arterial que provoca el síncope, añade Molero. El médico de familia aclara que son casos leves o benignos. Suele ocurrir más en personas jóvenes y hay que prevenirlos en lo posible conociendo en qué circunstancias nos puede dar un síncope.

Además, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), el miedo o ansiedad marcada a ver sangre es considerada una fobia específica. ¿Se puede tratar esta fobia a la sangre? La respuesta es sí.

¿Cómo se hace? "Afrontando poco a poco las situaciones temidas, empezando por las que generan menos ansiedad hasta llegar a las situaciones más difíciles", explica en su blog Elena Miró, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada.

Con una técnica concreta para evitar los desmayos, se enseña a tensar los músculos más grandes del cuerpo para lograr un aumento de la presión sanguínea que impida el desmayo. También se enseña a detectar los descensos en la presión sanguínea para que en ese momento pueda aplicarse la técnica.

En ese momento, la persona se sienta y tensa los músculos de los brazos, piernas y tronco unos 10 segundos, hasta notar una sensación de calor que sube hacia la cabeza. A continuación, se elimina la tensión durante unos 20 segundos y se repite el ciclo.

Tras aprender a controlar los picos de tensión sanguínea, la persona se expone a lo que provoca la impresión, en este caso la sangre. Por ejemplo, la persona con fobia va a una extracción de sangre y mantiene en tensión el torso, los músculos de las piernas y el brazo en el que no le vayan a pinchar, manteniendo el otro relajado para permitir la extracción de sangre.

Otra técnica que ha probado su efectividad es ralentizar la respiración sin relajar los músculos para eliminar la hiperventilación típica de la ansiedad previa al desmayo.

¿Por qué las criaturas con forma humana, pero que no lo son, causan incomodidad, miedo o repulsión?

¡Otra de fobias por aquí! Seguimos con las cuestiones halloweeneras que nos habéis planteado estos días: esta vez sobre las criaturas u objetos que son similares a los humanos pero que realmente no lo son: cadáveres, robots humanoides, zombies, muñecos malvados, marionetas siniestras, criaturas de forma humana pero con deformidades... ¿Por qué nos incomodan o nos dan miedo? La respuesta nos la da la hipótesis del valle inquietante (uncanny valley), que sostiene que, cuanto más humana es la apariencia de algo que no lo es, es más susceptible de causar un sentimiento de rechazo.

El término fue propuesto por Masahiro Mori, profesor de robótica en el Instituto de Tecnología de Tokio (Japón), en 1970. Mori escribió un ensayo sobre cómo imaginaba las reacciones de las personas a los robots que parecían y actuaban casi como humanos.

"En particular, planteó la hipótesis de que la respuesta de una persona a un robot similar a un humano cambiaría abruptamente de la empatía a la repulsión a medida que se acercaba, pero no lograba, una apariencia realista", explica un editorial publicado en IEEE Xplore, una base de datos de investigación académica que proporciona acceso a artículos y trabajos sobre Ciencias de la Computación, Ingeniería Eléctrica y Electrónica.

¿Y por qué sucede esto? Según la hipótesis de Mori, entre las fuentes que consideramos “de peligro” se incluyen los cadáveres y los miembros de diferentes especies y otras entidades a las que podemos asemejarnos, y según su explicación esa reacción de rechazo es una parte de nuestro instinto de conservación y supervivencia: “Cuando morimos, no podemos movernos; el cuerpo se enfría y la cara se pone pálida”.

Es decir, la apariencia física se va aproximado a la de estas criaturas no humanas (como los robots, las figuras de cera, las muñecas o los maniquíes). De ahí la importancia que la gráfica proporciona al movimiento: si encima esa especie de “cadáver” se mueve, el rechazo sería todavía mayor, al recordarnos, según la gráfica, a un zombie (evidentemente, una amenaza mayor).

"Para sentirnos seguros, debemos movernos en un contexto conocido y sin incertidumbres. Y una de las cosas con las que estamos acostumbrados a ver son las caras humanas: sabemos reconocer los patrones de similaridad entre ellas", explica Gómez. "Pero cuando encontramos seres humanos que tienen grandes divergencias con lo que solemos entender como humano, se despierta un desasosiego, porque podría suponer un peligro", añade la psicóloga.

Según Gómez, este detalle lo podemos ver en muchos de los monstruos que nos dan miedo (la cara sin nariz de Voldemort (Harry Potter), el cuerpo alargado del monstruo de El laberinto del fauno, los colmillos raros de los vampiros, la apariencia semihumana de los zombies...). "Otro tema clave es que es que, en la mayoría de los monstruos, no sabemos si estos están vivos o muertos y si tienen alma y conciencia, lo que nos plantea grandes dilemas éticos a la hora de actuar", continúa la experta.

No hace falta pensar en muertos vivientes. Las simples expresiones y movimientos faciales también pueden resultar espeluznantes en una criatura no humana. Esto pudo observarse en la Exposición Mundial de 1970 en Osaka (Japón) en un robot con 29 pares de músculos artificiales en la cara, que le permitían "sonreír de forma humana". 

Según el diseñador, una sonrisa es una secuencia dinámica de deformaciones faciales y la velocidad de las deformaciones es crucial. Cuando esta se reduce a la mitad para que el robot muestre una sonrisa más lentamente, en lugar de parecer feliz su expresión se vuelve espeluznante. Esto muestra cómo, debido a una variación en el movimiento, algo que ha llegado a parecer cercano a un humano podría caer fácilmente en el valle inquietante.

¿Por qué si te miras al espejo durante un rato con poca luz puedes empezar a ver que se te deforma la cara?

Imagina que estás en frente del espejo, con una luz tenue y de repente empiezas a ver cómo tu cara se distorsiona o incluso desaparece y aparece otro rostro en su lugar. Nos habéis preguntado si esto, que a priori puede sonar a leyenda urbana, es posible que ocurra. La respuesta es sí. 

Para explicar este fenómeno, José Elías Fernández, del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, se remonta a un juego que surgió en una fiesta en la década de 1960. Se llamaba Bloody Mary y consistía en ponerse con una vela frente al espejo del baño, mirarte y decir tres veces la palabra Bloody Mary (Mary Sangrienta, en español) mientras dabas una vuelta sobre ti mismo. Se decía que el cuerpo de Mary saldría del espejo para que lo viera el jugador.

Pero, ¿de verdad Mary salía del espejo? Lo que ocurría, según Fernández, hoy se conoce como fenómeno Bloody Mary o efecto Caputo. El psicólogo Giovanni Caputo fue el primero en estudiar qué pasa en nuestro cerebro cuando uno se mira fijamente en un espejo.

“Si la iluminación de la cara es baja y te miras a los ojos, puede que empieces a ver caras extrañas después de mirarte durante un minuto”, cuenta Caputo a Maldita Ciencia. Este psicólogo pidió a 50 voluntarios que se miraran en un espejo durante 10 minutos.

Un 66% de ellos notó algún tipo de distorsión en su propia cara; un 18% afirmó haber visto la cara de un familiar con rasgos cambiados (un 8% de una persona aún viva y un 10% de alguien fallecido); un 28% observó una persona desconocida; otro 28% vio una cara arquetípica como la de una anciana, un niño o el retrato de un antepasado; un 18% vio la cara de un animal (por ejemplo, un gato, un cerdo o un león) y un 48% afirmó haber visto seres fantásticos.

Este fenómeno no tiene por qué ocurrirle a cualquier persona. Fernández cuenta que es más probable que le pase a personas sugestionables (que se dejan llevar más fácilmente), con miedo y predispuestas a creer en el fenómeno. Además, Caputo ha realizado otro estudio que concluye que un fenómeno similar también puede darse cuando dos personas se miran fijamente a los ojos.

Pero, ¿qué es lo que pasa que empecemos a ver cosas extrañas? El neurocientífico y divulgador Daniel Gómez, que además emplea sus conocimientos sobre el cerebro y la percepción en espectáculos de magia, explica a Maldita Ciencia que la culpa la tiene nuestro sistema de percepción visual: “Cuando recibimos estímulos visuales, la corteza visual (encargada de la vista) colabora con el hipocampo (encargado de la memoria) para identificar lo que estamos viendo e interpretarlo correctamente”. 

Por ejemplo, cuenta que si vemos una silla, seremos capaces de entender que las piezas de madera que hay juntas y apoyadas en el suelo conforman esa silla. “Incluso seremos capaces de ver la silla si está medio tapada por un arbusto porque reconocemos la forma ideal que debe tener y podemos rellenar los huecos de la silla que no vemos”, añade.

El neurocientífico afirma que esta capacidad para rellenar los huecos de información a través de la memoria es muy útil para objetos que no siempre vemos. Por ejemplo, para seguir el balón durante un partido de fútbol. Pero en cambio, en caso de tener poca información visual, como sucede en la oscuridad, “puede generar falsos positivos y ver cosas donde realmente no hay nada”.

https://twitter.com/pictoline/status/1316167346214535168?s=20

La interpretación que realice nuestro cerebro ante estas situaciones dependerá de la poca información disponible pero también de nuestras expectativas: “Si estamos en la oscuridad y decimos a un voluntario que hay una silla delante, muchos creerán ver su forma incluso si no está ahí. Si estamos asustados, tendemos a ver posibles amenazas. Por ejemplo, todos hemos pensado que una silla con ropa en nuestra habitación era alguien entrando en mitad de la noche”.

En el caso del espejo, estamos viendo nuestro rostro de manera sostenida. Gómez cuenta que la baja iluminación y el hecho de sostener la mirada hacen que dejemos de ver nuestra cara y demos rienda suelta a nuestro cerebro para interpretarla de otra manera: “En la mayoría de los casos, los huecos generados por las sombras se rellenarán y notaremos como nuestra cara se queda deforme. En algunos casos, especialmente si estamos sugestionados, se formará una cara más deformada y terrorífica de lo normal. Algo que seguramente explique por qué tantas leyendas urbanas precisan de invocar a los fantasmas a través de un espejo y a oscuras. El fantasma seremos nosotros”.

¡Ojo! Que no hemos terminado...

Antes de despedirnos, hay algo que queremos (y debemos) recordarte las veces que haga falta: no somos médicos, somos periodistas. Puedes contar con nosotros para todo aquello que esté en nuestra mano, ¡por supuesto! Pero si lo que necesitas es un diagnóstico concreto y o tienes dudas médicas específicas, la mejor opción será que recurras a un profesional sanitario que estudie el caso y te recomiende la solución o tratamiento más adecuado. ¡Gracias por leernos y buen fin de semana!

Primera fecha de publicación de este artículo: 30/10/2020.

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