Esta afirmación, que lleva circulando desde al menos 2020, con el inicio de las campañas de vacunación contra el SARS-CoV-2, contradice principios básicos de la medicina. Lluís Montoliu, investigador del Centro Nacional de Biotecnología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CNB-CSIC), explicaba ya en 2020 a Maldita.es que, “las moléculas de ARN mensajero son extraordinariamente frágiles”, y que “desaparecen muy rápidamente tras ser usadas para producir proteína S”. Por eso, añadía, “hay que mantenerlas congeladas a tan baja temperatura". En la misma línea, desde la ARGH indican que el ARNm de las células se descompone muy rápidamente y no puede reproducirse: “Por lo tanto, el fragmento de ARNm no puede fusionarse o integrarse directamente con el ADN natural del propio individuo”.
Aunque no existe una clasificación única y estandarizada de las vacunas, no todas ellas son de origen microbiológico (virus y bacterias atenuados), como señala el vídeo: existen otras formas de lograr que nuestro organismo desarrolle inmunidad. Entre ellas, precisamente el ARNm que, aunque se aplicó en una vacuna por primera vez en aquellas contra la COVID-19, llevaba más de 60 años estudiándose y desarrollándose.