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MALDITA TECNOLOGÍA

Drones volando en espacios públicos, normas para 'influencers' y las API: llega el 32º consultorio de Maldita Tecnología

Publicado martes, 12 enero 2021
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¡Hola, malditas y malditos! Esta semana respondemos a más dudas relacionadas con las leyes, aunque con motivos muy diferentes: os explicamos por que normas se rigen los drones y qué podemos hacer si vemos uno cerca y también qué reglas siguen los ‘influencers’ en redes sociales. ¿Son las mismas que para un usuario corriente?

Esperamos vuestras preguntas con todos nuestros canales abiertos: escribidnos a Twitter, a Facebook, al correo electrónico [email protected] o a través de este formulario.

¿Qué hacemos si vemos a alguien volando un dron cerca en un sitio público?

Ponte en la situación de que estás en la playa, tranquilamente tomando el sol en un espacio abierto y a lo mejor semidesnudo. Escuchas un zumbido y cuando abres los ojos ves un dron yendo de aquí para allá, volando por el mar, la orilla y pasando por encima de ti y tus cosas. ¿Y si está grabando? ¿Puedo decirle algo a su propietario?

Digamos que la regulación en cuanto al uso de drones en España avanza a trompicones y se espera que en 2021 se apruebe finalmente una normativa más ajustada a estos aparatos no tripulados y conforme a las que ya hay a nivel europeo. Puedes verte en la situación que hemos descrito, aunque no deberías porque incluso con las reglas más laxas que aplican ahora, no está permitido volarlos en espacios públicos.

Rahul Uttamchandani, director jurídico de la firma Legal Army y especialista en regulación de drones, explica a Maldita Tecnología que no se puede volar un dron en ciudades y poblaciones en general cuando supere los 20 metros de altura o los 250 gramos de masa máximo al despegue. Hay excepciones si se tiene autorización de la autoridad competente y si se respetan las distancias mínimas de 8 o 15 kilómetros de aeropuertos y aeródromos y nunca a más de 120 metros de altura para no crear situaciones de riesgo.

Algunos ejemplos que pone son sobrevolar la Gran Vía de Madrid, carreteras concurridas, el entorno de centrales nucleares o eléctricas, infraestructuras críticas, estaciones de tren, universidades, colegios, etc. Ahí no se podría volar. En una playa concurrida también se aplicarían estas normas, a menos que se contase con una autorización.

Carmelo Garrido, piloto e instructor de aviación tripulada y no tripulada y coordinador de la consultoría especializada Tickettofly, es también un maldito que nos ha prestado sus superpoderes y nos señala esas limitaciones: pueden verse “grosso modo” en la aplicación ENAIRE Drones. “Digo grosso modo porque no es perfecta y, a veces, complica en exceso la comprensión al operador de drones, profesional o recreativo si su formación no es lo suficientemente robusta”.

Zonas señaladas donde no se permiten vuelos recreativos (marcado en rojo) y otras especificaciones (en distintos colores). Fuente: ENAIRE.

“En un futuro no muy lejano los propios drones vendrán limitados de fábrica para no volar donde no se debe, autolimitarse en velocidad o altura, evitar obstáculos e incluso identificarse automáticamente y a distancia cuando un agente de las FFCCS lo requiera sin necesidad de localizar o tener a la vista a su propietario porque a partir de enero (tan pronto como nuestra Administración Central se ponga las pilas, que va con algo de retraso) todos los drones deberán estar identificados ante el Ministerio de Interior con muy escasas excepciones”, señala Garrido. 

Ambos especialistas coinciden en que identificar dónde se puede volar un dron y dónde no se vale mucho del sentido común, ya que se trata de no invadir la privacidad de la gente y no poner en riesgo a personas ni infraestructuras. Pero, ¿puede cualquier persona volar un dron? ¿Y cómo se distingue entre un profesional y un aficionado? 

“La normativa española actualmente vigente establece que los operadores o pilotos (personas físicas) deberán tener al menos 18 años de edad, tener un certificado médico en vigor, disponer de los conocimientos técnicos necesarios y de un certificado que acredite dicha circunstancia”, enumera Uttamchandani. 

A nivel europeo se distingue entre operaciones y aeronaves a la hora de fijar ese límite de edad, que por carácter general se establece en los 16 años, y también hay requisitos más estrictos para operadores profesionales, como tener un seguro de responsabilidad civil, un certificado expreso de AESA y otro médico.

Este abogado también explica que en lo que se refiere a la privacidad de las personas (por si ese aparatejo está grabando un vídeo o captando imágenes), actualmente no hay una regulación específica más allá del Reglamento General de Protección de Datos y una opinión del Comité Europeo de Protección de Datos. En los nuevos reglamentos específicos se harán menciones sobre este tema y cómo proceder. De momento, podemos avisar a la Policía o a la Guardia Civil o incluso denunciar a la Agencia Española de Protección de Datos.

Con todo esto ya en mente, si vemos un dron volando en un espacio público en el que puede crear una situación de riesgo, como grabar sin consentimiento o a distancias inadecuadas, ambos especialistas explican que hay que acudir a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (policía nacional, local o guardia civil).

Garrido opina que hay que ir normalizando el ver a personas con drones (incluso a drones autónomos, que es hacia donde avanza la industria) volando por sitios en los que se puedan encontrar con gente: “Hay que aplicar el sentido común y, si no se percibe riesgo (conductas delictivas o peligrosas) dejarlo estar”. 

¿Tienen los/as ‘influencers’ distintas normas en las redes sociales?

Si los ‘influencers’ son como los “famosos” de las redes sociales y pueden ganar dinero publicando contenido en ellas, ¿tiene diferentes normas que el resto de usuarios? Sí, pero al no existir esta figura hace unos años, las reglas que se les pueden aplicar están desperdigadas por varias leyes españolas. Por eso, el 1 de enero entró en vigor un Código de conducta que agrupa las partes que afectan directamente a esta profesión. Pero claro, como es un código de conducta… pues no tiene una vinculación legal. 

Hay muchas personas cuyo sustento económico se basa en los seguidores que tienen en redes sociales y el impacto del contenido que publican en ellas. Estudios de agencias de márketing especializadas en este sector calculan que en España hay alrededor de 919.500 ‘influencers’ y que en Europa se invierte alrededor de 32.000 millones de euros en la industria.

Maitane Valdecantos, abogada especializada en derecho tecnológico y márketing en Audens, asegura que los ‘influencers’ nacieron “de forma natural y no planificada, prácticamente como un hobby”. Pero poco a poco, se asentó y convirtió en una profesión con un impacto en ciertos colectivos “mucho mayor que el que tenían los canales tradiciones”.

A la hora de hacer mediciones sobre el impacto y los beneficios de los ‘influencers’, se definieron términos como “nano influencers”, con entre 1.000 y 10.000 seguidores o “macro influencers”, con entre 200.000 y un millón de seguidores. Los “mega influencers” tienen más de un millón, pero hay personas con un par de decenas de millones de seguidores y a nivel impacto publicitario es una cantidad de gente asemejable a otros medios tradicionales como la televisión o la radio, que sí están sometidos a normas de Autocontrol.

Valdecantos explica que “no existe un número determinado de seguidores que determine la categoría de infuencer”, sino que se relaciona con “una persona que ha conseguido destacar en los canales digitales y que, además, tiene reconocida credibilidad entre sus seguidores”. Da igual si el canal es Instagram, YouTube o Twitch y si el tema es la moda, los videojuegos, la ciencia ficción o los viajes.

Fragmentos del Código de Conducta donde se explica qué hay que incluir en algunas redes sociales para señalar publicidad.

¿Qué pasa cuando esa popularidad se aprovecha para promocionar marcas y vender productos? Que se producen casos de publicidad engañosa o encubierta, algo penalizado por diferentes leyes y por Autocontrol, el organismo de regulación de esta industria.

“En la práctica, las colaboraciones de estos influencers con las marcas se llevan a cabo, entre otros, mencionado productos o servicios, ubicando productos en sus mensajes, participando en la producción de un contenido, o difundiendo contenidos relacionados con el producto o servicio, con la finalidad de su promoción”; explica Valdecantos. 

Sergio de Juan-Creix, abogado de Croma Legal y profesor colaborador con la UOC, explica a Maldita Tecnología que el nuevo Código de Conducta aprobado para evitar estas prácticas “no es un norma” y su “cumplimiento es voluntario”. Lo que pasa es que si te saltas el Código, es muy probable que también te estés saltando una ley: “Autocontrol no tiene capacidad legislativa, es un código de conducta y si quieres te adhieres a él”.

Sobre la posibilidad de que sancionen a un influencer, De Juan-Creix asegura que si no se cumple el código “seguramente esté incumpliendo la ley” y podría haber una sanción en un tribunal, independientemente de que este exista. “El código lo único que hace es agrupar, poner ejemplos y utilizar un lenguaje no tan técnico, explica las leyes con palabras más sencillas”, recalca.

Este especialista incide en que lo que subyace en el problema con los influencers es un principio básico de publicidad, el de la autenticación: “Si es publicidad, lo has de decir, porque si no es publicidad encubierta, que no está permitida”. 

El Código dice que esto ha de hacerse de forma clara e identificar cuándo te han pagado por un post, ya sea regalando especie, pagando un viaje, etc.  Por ejemplo, habla de “entrega gratuita de un producto, las entradas gratuitas a eventos, la prestación gratuita de un servicio, los cheques regalo, las bolsas regalo y los viajes”. Además, incide en que no vale indicarlo con acortamientos o claves que no se entiendan para el público general: por ejemplo, no se puede poner “sp” para indicar que es un sponsorship, es decir, un patrocinio.

¿Se debe poner siempre? Depende del contexto: no es lo mismo que una persona se compre unas zapatillas de marca y se las ponga varias veces y aparezcan en múltiples fotos a que se haga un vídeo específico desenvolviendo esas zapatillas, resaltando la marca, contando sus bondades y animando a comprarlas.

Siempre que no sea evidente que es publicidad. Un anuncio de televisión es evidente que es una publicidad porque están en espacios concretos televisivos y todos agrupados y el principio de identificación está claro. Lo mismo tiene que pasar con los influencers, lo que pasa es que no hay espacios tan marcados para la publicidad”, explica De Juan-Creix.

¿Qué es una API?

API es la abreviatura de interfaz de programación de aplicaciones, del inglés Application Programing Interface. Este término lo vemos mucho  cuando hablamos de Facebook o Twitter, a medida que estas redes van poniendo a disposición más herramientas de transparencia para analizar su funcionamiento

Pero, ¿qué es una API y para qué nos sirve a nosotros? La API es básicamente una herramienta que permite que nosotros humanos le preguntemos cosas a una máquina que habla en unos y ceros y ésta sea capaz de contestarnos con datos que nos sean útiles.

Para entendernos: pongamos que tenemos un avión que transporta a miles de personas de un lado a otro del mundo. Un piloto no se va a meter dentro del motor a accionar pistones y tirar de cables para que todo funcione, sino que utilizan un mando de control diseñado por los ingenieros que han puesto a punto el avión y que conecta el motor con una serie de palancas. Así se permite al “cliente” ver cómo funciona y controlar en cierta manera esa interfaz de aplicaciones. 

Pongamos otro ejemplo aplicado a las redes sociales de las que hablábamos antes. Tu contraseña, lista de amigos o información más personal que tienes en Facebook se guarda de manera separada al resto de contenidos porque son más valiosas, y se cargan a un ordenador distinto al tuyo. Cuando tú pides ver tu lista de amigos haciendo clic, ese clic le hace una llamada al ordenador complejo para acceder a los datos. La API es lo que permite ver cómo funciona ese procesamiento, que termina por dejarte ver tu lista de amigos a pesar de que sea una información que está guardada de diferente manera.

Por tanto, es una herramienta que utilizan normalmente empresas, desarrolladores o investigadores para obtener información de, por ejemplo, las redes sociales y extraer datos sobre cómo funcionan. En base a esos datos se pueden hacer investigaciones sobre cómo se propaga un contenido o crear nuevas herramientas para utilizar de forma complementaria en la plataforma. Por ejemplo, en este artículo os hablamos de las aplicaciones que usan la API de Instagram para decirte quién te ha dejado de seguir en la red social.

No todo el mundo tiene acceso a las APIs de las plataformas y estas controlan qué información se puede extraer de ellas, ya sea una red social u otra organización que utilice un programa informático que acumula datos. 

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En este artículo ha colaborado con sus superpoderes el maldito Carmelo Garrido.

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