Es un mito bastante común que la carne que compramos y comemos habitualmente está "llena de antibióticos" (cosa que en Europa no es cierta y ya hemos explicado aquí) y también que está "llena de hormonas". Vamos a explicar por qué esto tampoco es verdad.

La administración de hormonas para favorecer el crecimiento del ganado o que las vacas produzcan más leche fue una práctica común durante años. Administrando determinadas sustancias se conseguía que los animales creciesen más rápido y así daban más beneficios.

Pero en un informe elaborado por el Comité Científico de Medidas Veterinarias relativas a la Salud Pública, la Agencia Europa de Seguridad Alimentaria (EFSA) determinó en los años 90 que el uso de hormonas con este fin supone un riesgo potencial para la salud de los consumidores por sus posibles efectos cancerígenos y prohibió su uso en la UE. Revisiones posteriores de las nuevas evidencias disponibles, como esta de 2007, se reafirmaron en esas conclusiones.

Por eso la directiva 96/22/CE prohibe "el uso de hormonas en animales para consumo, excepto para propósitos terapéuticos y zootécnicos y bajo estricto control veterinario". Es decir que, desde la implementación de esta norma, está prohibido en toda la UE administrar hormonas de forma generalizada al ganado y sólo se pueden utilizar cuando haya motivos veterinarios.

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¿Y la legislación se está cumpliendo? Parece que sí. Lo sabemos porque la misma EFSA realiza análisis periódicos de cientos de miles de muestras de distintos productos ganaderos (carnes, leche, huevos, miel, pescado...) procedentes de todos los países de la UE en busca de rastros de antibióticos, hormonas y otras sustancias prohibidas.

El último de esos análisis se publicó en 2018 y se refería al conjunto de muestras recogidas en 2016. En lo referente a las hormonas detectadas, se podía leer que "del total de muestras analizadas para esta categoría (86.575 muestras) hubo 96 muestras no conformes (un 0,11%)". Las cifras están en concordancia con las obtenidas en informes anteriores, aunque un poco por encima de las cifras mínimas detectadas, correspondientes a los años 2013 (0,01%) y 2014 (0,005%).

Por esto podemos decir que, con la información y las evidencias que tenemos a nuestro alcance, la carne que comemos en Europa y, por tanto, en España no tiene hormonas.

Y eso no tiene nada que ver con el agua que sueltan los filetes al cocinarlos. De eso hablaremos otro día, pero mientras tanto, puedes leer la detallada explicación que da el tecnólogo de los alimentos Miguel A. Lurueña en estos dos posts (aquí y aquí).