Esta dieta sostiene que, en teoría, cada uno de los grupos sanguíneos habría surgido en épocas diferentes, en las que los patrones de alimentación eran distintos. Supuestamente, los 0 descenderían de los cazadores y recolectores (hace 30.000 años); los A, de los agricultores sociales (hace 20.000 años); los B, de los nómadas ganaderos (10.000 años) y los AB serían una mezcla de los A y los B (hace 1.000 años).
A los cazadores, sostienen los adeptos a esta dieta, les correspondería seguir una alimentación basada en carnes y algunas frutas, con alto contenido en proteínas; a los agricultores, en alimentos vegetales y cereales; y a los ganaderos, una basada en lácteos, pescados y caza. Para los AB, lo ideal sería un patrón alimentario que mezclase los dos últimos: preferencia por los alimentos vegetales y dependencia de los lácteos para conseguir las proteínas necesarias.
Sin embargo, no hay ninguna evidencia sobre todo esto: ni sobre el hecho de que los grupos sanguíneos surgiesen en esos momentos, ni que estos tengan relación con el metabolismo, ni que comer diferente según el grupo sanguíneo tenga algún efecto sobre la salud (de hecho, un estudio publicado en la revista PLOS One sugiere más bien lo contrario, que no parece haber tal efecto).
Esta dieta puede dar resultado al principio porque, como todas, comienzan por limitar los alimentos menos saludables (bollería, dulces, fritos, aperitivos de patatas fritas y similares, bebidas azucaradas) y porque al eliminar grupos de alimentos hay que ser más selectivo con lo que se come, pero eso no tiene nada que ver con su supuesta base teórica.
Aun así, el planteamiento sigue siendo erróneo: hacer “dietas” para perder peso y modelar el cuerpo aumenta el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria. Frente a cualquier dieta, lo que muestra la evidencia científica es que lo realmente beneficioso es tener una alimentación saludable basada en alimentos de origen vegetal, proteínas y grasas de calidad y granos enteros.