La apiterapia es una práctica por la que se aplica veneno de abeja a través de picotazos directos de estos insectos para tratar algunas enfermedades,  principalmente la esclerosis múltiple, pero no solo esa. ¿Tiene esto algo de ciencia?

Más bien no. El veneno de las abejas contiene muchas sustancias y es posible que algunas de ellas pudiese servir como base para un tratamiento médico para alguna enfermedad. De hecho, se han investigado las posibilidades de uno de sus componentes en el tratamiento del parkinson, por ejemplo. Pero para eso hacen falta investigaciones sólidas y bien diseñadas, estudios con fases clínicas y controles de seguridad de autoridades sanitarias.

Esto no es lo que hace actualmente la apiterapia. En esta práctica se colocan insectos vivos sobre determinados puntos del cuerpo del paciente para provocar que piquen e introduzcan su veneno. Se hace sin control médico. Los estudios que han analizado sus efectos reconocen que no hay evidencias suficientes para extraer conclusiones, pero que todo apunta a que su efecto no es superior al de un placebo.

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Que la esclerosis múltiple sea el principal objetivo de la apiterapia no es casualidad. La EM es una enfermedad impredecible, en la que los brotes aparecen de forma esporádica y sin periodicidad fija y sus efectos muchas veces revierten total o parcialmente hasta el siguiente ataque. Los pacientes que la padecen, ante la falta de cura y el deterioro irreversible buscan cualquier alternativa que pueda ayudarles a sentirse mejor. La apiterapia puede ser una de ellas, y es habitual que, como haríamos cualquiera, terminen estableciendo relaciones causales entre eventos que solo tienen una relación temporal (si tras una sesión de apiterapia pasa mucho tiempo sin un nuevo brote, sería comprensible pensar que lo segundo se debe a lo primero, aunque la única relación entre ambas cosas es que ocurrieron a la vez).

Aunque recurrir a terapias alternativas parezca algo inocuo, casi nunca lo es. Por un lado, un picotazo de abeja no parece algo demasiado grave, pero puede serlo si el paciente desarrolla una reacción alérgica grave, sufre un shock anafiláctico y puede terminar muriendo. Por otro, si bien la EM no tiene cura, sí que tiene tratamientos que reducen los síntomas y mejora su calidad de vida, y las terapias alternativas pueden alejarles de esos tratamientos que sí pueden incrementar su bienestar.