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En el Día Mundial de la Obesidad: ¿qué impacto tiene esta enfermedad en la salud individual y colectiva?

Publicado jueves, 4 marzo 2021
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No solo tiene que ver con la apariencia física, sino que supone una serie de condiciones que van mucho más allá de la mera imagen, ámbito al que se relega en ocasiones. En realidad, la obesidad es una enfermedad crónica con dimensión pandémica en el mundo occidental actual, tanto en los países desarrollados como en vías de desarrollo, según apunta la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que, desde 1980, la prevalencia de la obesidad en muchos países europeos ha llegado a triplicarse: entre un 30 y un 70% de los adultos de la Unión Europea presentan sobrepeso y entre un 10 y un 30%, obesidad. Las consecuencias de este escenario son la muerte de al menos 2,8 millones de personas cada año. 

Como señala la SEEN, a nivel sanitario, solo un 44% de los pacientes reciben el diagnóstico de obesidad por su médico y apenas un 24% son citados a visita de seguimiento, a diferencia de otras enfermedades crónicas, lo que dificulta su tratamiento. Para sensibilizar y dar a conocer este problema así como la necesidad de un manejo activo en su tratamiento y prevención, cada 4 de marzo se celebra el Día Mundial de la Obesidad. 

La obesidad es una enfermedad

Aunque algunos especialistas hablan de la obesidad como una respuesta fisiológica más o menos esperable, en la actualidad, se considera una enfermedad crónica. De hecho, aparece en la clasificación ICD-10 (la Codificación Internacional de Patologías, la “biblia” de las enfermedades) y se diagnostica como tal en el Sistema Nacional de Salud. 

“La OMS la cataloga como una de las principales enfermedades no transmisibles y uno de los grandes retos de la salud pública”, recuerda a Maldita Ciencia Marta Fernández Galilea, bióloga experta en obesidad y sus comorbilidades asociadas en el Centro de Investigación en Nutrición de la Universidad de Navarra.  

Javier Sánchez Perona, investigador sobre Nutrición y el Metabolismo de los Lípidos en el Instituto de la Grasa (IG - CSIC), señala que, además, la obesidad puede ser un factor de riesgo muy importante para diversas enfermedades crónicas, como la diabetes, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares. 

Un factor de riesgo para otros problemas de salud

Además de considerarse una enfermedad en sí misma, hoy sabemos que la obesidad puede ser un factor de riesgo en otras patologías. “Más allá de los problemas de salud biomecánicos (como pueden ser los problemas en las articulaciones), el acúmulo de grasa de forma patológica puede agravar situaciones. Por ejemplo, puede empeorar el desenlace de infección por COVID-19, además de causar otras enfermedades”, recuerda a Maldita Ciencia Diana Díaz Rizzolo, nutricionista e investigadora biomédica en diabetes y obesidad.

Entre estas, las más conocidas son la diabetes tipo 2, el hígado graso no alcohólico, la hipertensión o dislipidemias,  trastornos en los lípidos en sangre.

“Existe evidencia científica que señala a la obesidad como causa directa de al menos 13 tipos diferentes de cáncer. Entre ellos, de colon, de mama, tumores hepáticos y un tipo de cáncer hematológico como es el mieloma múltiple”, explica Fernández. “Estudios recientes sitúan a la obesidad como la segunda causa prevenible de cáncer después del tabaquismo”, añade. 

Por otro lado, como indica Sánchez, aparte de dar lugar a muchas otras manifestaciones físicas, como problemas en la piel u óseos, la obesidad también se relaciona con trastornos psicológicos debido a la imagen que uno y los demás tienen del cuerpo propio, así como de las dificultades para desenvolverse en la sociedad.

¿Cuándo hablamos de obesidad y cuándo de sobrepeso? 

Aunque en ocasiones se hace referencia a ambos términos indistintamente, no es lo mismo la obesidad que el sobrepeso. De hecho, entre ellos existe un límite matemático: se considera que una persona presenta obesidad cuando su índice de masa corporal o IMC (la división entre el peso, en kilogramos, y la altura en metros al cuadrado) es superior a 30. Si este se encuentra entre 25 y 29.9 se considera sobrepeso

Díaz considera que esta es una técnica obsoleta y poco sensible pero muy usada en la práctica clínica habitual. “¿Dónde empieza una situación de riesgo (sobrepeso) y empieza la patología (obesidad)? Es difícil saberlo. Además, en muchos casos, el sobrepeso no es solo la condición previa al desarrollo de obesidad, sino que per se ya puede desarrollar una condición patológica o empeorar un pronóstico, dificultar un tratamiento…”, explica.

Sánchez coincide con esta postura y añade que el IMC “es un indicador general, que no sirve para todas las personas”. “Este es el motivo por el que se han sugerido otros indicadores para definir la obesidad. Uno de los más usados es la circunferencia de la cintura. La Federación Internacional de Diabetes considera que hay obesidad abdominal cuando la circunferencia de la cintura es superior a 94 centímetros en hombres y 80 en mujeres”, indica.

¿Qué papel desempeña la grasa en la obesidad y el sobrepeso? 

Ambas condiciones, tanto la obesidad como el sobrepeso, se producen por la excesiva acumulación de grasa en el tejido adiposo. 

Como recuerda Díaz, es cierto que la grasa existe en nuestro organismos con un papel orgánico y vital pero, cuando esta se acumula de forma excesiva, puede desencadenar problemas de salud a corto, medio y largo plazo. 

“Las personas obesas acumulan importantes depósitos de grasa blanca. Los varones principalmente en el abdomen. En las mujeres la disposición varía según la edad. Las jóvenes la acumulan en nalgas y caderas. Con la menopausia tiende a acumularse en el abdomen”, explica a Maldita Ciencia Juan Ignacio Pérez, catedrático de Fisiología en la Universidad del País Vasco. 

La acumulación de grasa repercute en otras alteraciones metabólicas como la resistencia a la insulina y las patologías mencionadas. Eso llevaría a pensar que el consumo de grasa da lugar a una mayor acumulación en el tejido adiposo y, por tanto, a la obesidad. “Pero esa solo es una parte de la película. Los mecanismos son mucho más complejos e incluyen no solo al metabolismo de las grasas, sino también al de los carbohidratos. Ambos están muy imbricados el uno con el otro”, recuerda Sánchez.

El peligro de banalizar la obesidad: adelgazar no es fácil y no solo depende de la actitud

El sobrepeso y la obesidad son enfermedades altamente prevalentes (en España un 53% de la población mayor de 15 años las padece). Lo cierto es que adelgazar no es fácil para todos. Sobre todo, según Díaz, no lo es para los que presentan una obesidad instaurada de años, tienen una historia familiar de obesidad, presentan menor nivel educacional o han tenido problemas psicosociales, entre otros. 

La obesidad es una patología compleja que no puede quedar reducida a un simple balance entre las calorías que se ingieren respecto a las que se gastan ni a la fuerza de voluntad. Existen casi incontables factores que afectan al sobrepeso: genéticos, hormonales, neurológicos, psicológicos, sociales, culturales… 

“Son tantos, que la fuerza de voluntad no es suficiente para muchas personas y necesitan hacer cambios de mayor calado en sus hábitos de vida para poder luchar contra la obesidad”, explica Sánchez. “Adelgazar es difícil. Promover lo contrario es una irresponsabilidad, porque contribuye a culpabilizar a las personas que no lo consiguen”, añade Pérez. 

Sin embargo, teniendo en cuenta su relación con enfermedades que reducen tanto la calidad como la esperanza de vida, es necesario el fomento de hábitos de vida saludables que incluyan un aumento de la actividad física y una nutrición adecuada. 

“La investigación en el ámbito de la nutrición ha demostrado que la reducción de la grasa corporal es posible, pero cuando existe un problema de sobrepeso u obesidad, debe conseguirse de forma progresiva para que los efectos puedan mantenerse”, señala Fernández”. Para ello, es importante seguir recomendaciones nutricionales basadas en la evidencia científica. “Una sólida educación nutricional es fundamental para cambiar los malos hábitos y hacer que las elecciones en el día a día sean más sencillas”, continúa la experta. 

Díaz coincide en que, más allá de querer culpar, se debe concienciar del cambio al paciente y, de igual forma, instaurar políticas alimentarias que faciliten las elecciones de los consumidores, con cambios urbanísticos o arquitectónicos para hacer las ciudades más transitables y potenciar la actividad física y el ejercicio, con medidas duras sobre la industria alimentaria sobre publicidad y transparencia, etc. “Es una lucha de todos, no solo de los sanitarios y los afectados”, concluye la experta. 

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