El cuerpo es capaz de mantener la salinidad tanto en el interior como en el exterior de las células gracias a un proceso llamado ósmosis. Así, las células liberan o absorben agua en función de la cantidad de sal dentro y fuera de ellas, para que ambos entornos estén en equilibrio. Este proceso es el motivo por el que beber agua de mar, en realidad, deshidrata: la salinidad del agua de fuera de las células aumenta, por lo que, para intentar equilibrar la concentración de sal, estas expulsan agua de su interior. Así, las ganas de orinar aumentan, ya que el cuerpo necesita expulsar el agua que han liberado las células para reducir poco a poco el nivel de salinidad, deshidratándonos.

Por otro lado, la potabilización del agua es un proceso complejo y con varias reacciones físicas y químicas que buscan eliminar del agua bruta (de un embalse, manantial o incluso del mar) minerales innecesarios, contaminantes y materiales orgánicos perjudiciales y hacerla apta para consumo humano. El agua de mar, al no haber superado estos procesos, puede contener microorganismos patógenos que pongan en riesgo la salud.